
Me duele terriblemente la cabeza, es la cuarta pastilla que me tomo en menos de dos horas y nada. No consigo que este maldito martillo deje de
torturarme. Y cuando me agacho a limpiar estas malditas manchas, es peor. El dolor se hace más agudo.
Temo abrir la ventana por si alguien me ve, pero el aire frío de esta noche de otoño me irá bien, estoy seguro. Desde esta ventana contemplo la ventana de mi habitación. Está justo en frente. Fantaseo con la idea de que en alguna de estas noches pasadas
Nadine me haya observado
furtivamente, igual que yo hacía con ella a todas horas.
No sé exactamente que es lo que me llamó la atención de
Nadine. Su pelo alborotado, sucio y mugriento
olía a palomitas y a tabaco. Las primeras veces cuando entraba a mi tienda a pedirme chicles de sandía, me producía una oleada de
naúseas que
difícilmente podía controlar. Pero un buen día, ese rastro de olor nauseabundo comenzó a producirme una suerte de placer que
probablemente aguijoneó la curiosidad que ya sentía hacia su persona.
Nunca había conocido a nadie como ella, tan
desastradamente perfecta. Su cuerpo parecía una sinfonía caótica. Como si
alguién hubiese
decidio hacer un
puzzle compuesto por los pedazos más desagradables jamás imaginados. Su cabeza era increíblemente pequeña y escuálida. Su cuello
excesivamente largo y voluminoso. Su tronco era totalmente cilíndrico y apenas se insinuaban dos pechos que caían asimétricos, pues
Nadine era reacia a usar sujetador. Jamás me lo dijo, en realidad, jamás habló conmigo salvo para pedirme esos chicles de sandía que consumía
compulsivamente. Pero yo lo sabía. A través de la ventana de mi habitación podía observar la colada que tendía en el lavadero.
Nadine no usaba bragas ni sujetadores. Esa cualidad de ella me excitaba hasta extremos totalmente inimaginables y había momentos en que me daba miedo a mí mismo debido a la profundidad de mis deseos.
Sus brazos en cambio, eran flacos como alambres y terminaban en unas manitas pequeñas y
rechonchuelas. ¡Ay,
Nadine! ¡Cuántas noches soñaba con tus manos enredadas en el vello de mi pecho!. A veces me despertaba y tenía que volver a coger mis
prismáticos para cerciorarme de que no habías abandonado tu cama para recorrer esos metros que nos separaban. Así de intensas notaba tus caricias, aunque tú ni siquiera sabías mi nombre.
Las caderas de
Nadine eran voluminosas y me recordaba al andar a un hipopótamo. Sus cortas y delgadas piernas apenas eran capaces de sostener el peso de semejantes caderas y eso le producía una leve cojera que avivaba mis fantasías con
Nadine en la cama. Alguna vez estuve a punto de
confesárselo pero me quedaba totalmente hipnotizado, hechizado bajo el embrujo de su presencia en mi pulcra tienda. Una tienda de barrio, de esas de toda la vida. Una tienda oscura, que se iluminaba cuando ella me exigía, sin ni siquiera saludarme, su ración diaria de
chicles de sandía. ¡Ay,
Nadine! ¡
Nadine,
Nadine!.
Y su trasero, el trasero de
Nadine... no existen palabras para definirlo. Era un trasero cubista, como un buen cuadro de
Picasso. Una composición de la naturaleza única y original. Una hermosa obra de arte que yo imaginaba sobre mí,
meciéndose al ritmo de un deseo salvaje. Y su trasero ya no era un trasero, se convertía en un culo que yo pellizcaba con frenética
desesperación. Todo en mis fantasías, claro. Algunas noches tenía la suerte de poder contemplar su generoso trasero, pues a
Nadine le encantaba dormir
boca bajo.
Todo en
Nadine era perfección desordenada y por ello, perfección infinita.
Aún recuerdo cuando mi pequeña
Nadine comenzó a mutar. Una tarde entró en mi tienda. No me sorprendió tanto su comedido "hola, buenos días", ni siquiera que se llevase chicles de hierbabuena, en vez de los de sandía... no fue tanto eso como que, su pelo, su sucio pelo maloliente que a mi me producía verdaderas oleadas de placer y deseo, ya no
olía a palomitas quemadas y a tabaco.
Olía bien.
Olía a rosas. Y lo llevaba
perfectamente peinado. Brillaba, relucía, mostrando un insultante tono cobrizo que me hizo vomitar allí mismo, sin darme tiempo de llegar al cuarto de baño.
Nadine jamás volvió a pisar mi tienda, pero yo la observaba, día y noche.
Mi pequeña
Nadine cambiaba a un ritmo vertiginoso. Su resumido tendedero comenzó a poblarse de ropa extraña y de lencería de todos los tipos y colores, toda conjuntada. A veces tenía que sujetarme el corazón contra el pecho por miedo a que me diese un infarto.
Su cuerpo comenzó a cambiar al mismo ritmo que su casa, que ahora estaba siempre ordenada y decorada con un gusto impecable. Mi hermosa
Nadine se transformó en una bestia extraña, en un ser repulsivo que incluso podría haber pasado por bello ante los ojos de los demás.
Varias veces observé a los hombres volverse para piropear a mi
Nadine, cuyas curvas ahora lucían casi perfectas en un cuerpo adornado por toda clase de ropas que ocultaban a mi verdadero amor.
Aceites, cremas, desodorantes y otros productos cuya existencia desconocía mi pequeña
Nadine, ahora cubrían las estanterías de su cuarto de baño.
Y ahora, mientras limpio los últimos restos de sangre de
Nadine, me pregunto a mí mismo cual fue la gota que colmó el vaso: si verla entrar en su reluciente apartamento de la mano de otro o saber que jamás me había amado.