Una forma diferente de mirar el mundo...

Cerramos con postigos las ventanas de nuestras mentes.
Encerramos y sometimos a los pensamientos de mil formas diferentes.
Y ellos encontraron una alternativa para brotar libres.-

lunes, 23 de agosto de 2010

IUS X

-Es un tiempo raro, un tiempo de cambios. Lo presiento. Y es por eso que necesito apoderarme del mensaje y de quién sea capaz de descifrarlo. -Una mujer canosa se apoya en el alféizar de la ventana de un hermoso palacio. La edificación es antigua y la erosión de la lluvia ha trazado en su fachada surcos similares a las lágrimas. En toda la tierra se le conoce por esta característica y por la dureza del duque Víctor, su dueño. - Ese monje debe ser su portador o al menos puede darme alguna pista...
- ¿Estás segura? -la voz poderosa y grave del duque lo invade todo. Es un hombre alto, fornido, con el pelo levemente ondulado y un mentón fuerte que denota determinación y voluntad.
- El mensaje fue claro "el monje tiene la clave". Mi confidente no pudo escribir mucho más en la nota que trajo la paloma mensajera... pero en cuanto me dijiste que un monje acompañado por un hombre recorría nuestras tierras ¡supe lo que debía hacer! -la mujer se vuelve, su cara está surcada por las arrugas, pero sus ojos grises denotan un leve atisbo de locura.
- Los cinco hombres que mandaste a por tu monje están muertos. Y ahora espero que los que hemos mandado a vigilarlos, regresen con vida- el hombre mira a la mujer y apura su copa repleta de vino- no entiendo por qué te hago caso.
- ¡Aprésalos! -la mujer se acerca al hombre y pone sus manos sobre sus hombros. El hombre se estremece - Eres Víctor, duque de estas tierras.
- ¡Imposible! Son hombres de la reina -el hombre se retira con suavidad de las manos que lo apresan.
- Esto tú no lo sabes -la mujer se enfrenta a él.
- Si, claro que lo sé, me lo has dicho tú -Víctor, el duque, se dirige a la ventana.
- Pero no tendríamos porqué saberlo. ¡Aprésalos! Me haré con el monje de una manera fácil y limpia -la mujer se ríe, le faltan varios dientes. Ahora la locura ha invadido por completo su cara.
- No. No quiero problemas. Son tiempos difíciles. Mis siervos huyen de las tierras, corren libres a refugiarse en esos nuevos lugares que llaman burgos. Reclaman cartas de libertad y olvidan las tierras a las que estaban sometidos. Cada día huyen cientos y no creo que tardemos en observar las tierras desiertas... no voy a enfrentarme a la reina, ¡no lo haré! -el duque se ha levantado y ha dejado su copa sobre una mesa, con mucha violencia -además ¡no entiendo porqué sigo escuchándote!
- ¿Y si ese monje tuviese la clave para frenar lo que está ocurriendo? -la mujer se expresa casi en susurros y sus inmensos ojos consiguen tranquilizar al duque - La profecía habla de una ley no escrita "ius non scriptum", capaz de desintegrar el mundo tal y como lo conocemos...
-Ya está desintegrado, no quiero que el proceso se acelere. Además, estoy harto de tus chifladuras. ¡Profecías! Si realmente existiese la justicia, la reina y tú deberíais ser quemadas en la hoguera que purifica el alma de esas impías. -el duque emite una risa amarga.
- Víctor, no seas necio. Si el mensaje tiene la clave para desintegrarlo, también la tiene para reintegrarlo... para volverlo a su estado original. Y quiero poseer la información antes que la reina, eso nos dará una inmensa ventaja sobre ella -la mujer se ríe como una niña.
- ¡Ya! - el duque mira a la mujer que toma asiento en la mesa y bebe un sorbo de la copa de vino.
- Información, querido Víctor, información....-la mujer sigue bebiendo - ese es el verdadero poder. Quién no conoce vaga ciego en tierras llenas de bruma... pero quién conoce Víctor, quién posee información pasea por tierras soleadas y no titubea al recorrer el sendero....
- Si, ya, ya ¡muy bonito! -la mujer se acerca al duque y le susurra en el oído.
- ¡Aprésalos! -el duque titubea, arranca la copa de vino de las manos de la mujer.
- ¡No sé porqué te hago caso! - la risa de la mujer confirma sus victoria. El duque se deja caer abatido en su silla.
- Porque soy tu madre, Víctor.
El aullido de la loba lo inunda todo. Rompe el tiempo y el espacio. Hiere los oídos y los sumerge en miedo. El aullido de la loba me ha petrificado. Mi ira se ha convertido en vértigo y no soy capaz de mantenerme en pie.
- ¡Haz que se calle tu perra! - de pie, Bernardo acusa con el dedo a la mujer de pelo rojo. Pero ella no está escuchando, se acerca a la loba y parece olfatear a su alrededor.
-¿Qué estás viendo? - un segundo aullido más intenso me confirma que el animal está viendo algo que nosotros somos incapaces de detectar. La mujer habla con ella, pero el animal está poseído por su instinto, ese que le dice que está a punto de suceder algo...un gemido hace que me vuelva hacia dónde está Gonzalo. Parece desorientado, me dirijo hacia él, para prestarle ayuda.
- ¡Haz que se calle! -Bernardo ruge furioso. El consejero de la reina está más pálido de lo normal y gotas de sudor le cubren la cara. La mujer se mantiene a un paso de la loba, mira nerviosa a su alrededor, tensa su cuerpo, se invade del terror del que no puede ver... del que desconoce el peligro que le acecha...
- Nos estaban vigilando, eran tres, de eso estoy segura. Pero ella no estaba nerviosa -dirige su mirada oscura hacia mí.
- Quizás han decidido atacarnos....- es lo único que se me ocurre decir. Un tercer aullido lo invade todo, incluso mis pensamientos. Cierro los ojos pero por encima de ese sonido ensordecedor cargado de miedo, oigo la voz de la mujer.
- Ella no aulla así porque vayan a atacarnos, presiente un peligro aún mayor....- su voz se interrumpe a la vez que el aullido de la loba que queda suspendido en ese instante... para siempre. El animal cae al suelo, abatido por una flecha que le atraviesa el cuello. El silencio es aún más terrorífico que el aullido del animal que ahora yace muerto. La mujer cae de rodillas y emite un grito que me rompe el corazón. Jamás he escuchado un sonido tan triste. No tengo apenas tiempo de levantarme para dirigirme a ella. De un salto recorre los pasos que la separan de Bernardo y cuando miro hacia él compruebo con horror que sostiene en sus manos un arco.
- ¡Voy a matarte! -la mujer se abalanza sobre Bernardo.
- Inténtalo, Isabel - Bernardo la llama por un nombre. Un nombre que debe ser el suyo. Ella titubea un instante, pero luego se recobra.... no puedo observar nada más, alguien me golpea la cabeza. Negro.

viernes, 20 de agosto de 2010

IUS IX


- Muy propio de ti -la mujer de pelo rojo, la que nos ha salvado la vida, se dirige a Bernardo con un rencor frío, pero inmenso -meterte por el bosque cuando has podido hacer el camino a cielo abierto...

- ¡Cállate! -Bernardo pierde los nervios, jamás le he visto en este estado. Mientras, me encargo de vendar la herida que Gonzalo tiene en su brazo izquierdo. No estoy seguro de si perderá el brazo, pues la herida es terrible.
- No tengo interés en hablar contigo - la mujer de pelo rojo se acerca y me hace un gesto, no necesito que me hable, me aparto y dejo que observe el estado de Gonzalo - Monje, si de ti dependiera este hombre estaría muerto antes del anochecer. Voy a buscar unas hierbas...

- ¡Hierbas! -el terror de mi propia voz me sorprende y ella deja escapar una carcajada que me resulta vagamente familiar. La mujer de pelo rojo es hermosa, pero está cubierta de señales y cicatrices que le dan un aire demasiado siniestro.

-Hierbas monje, hierbas. Curarán a este hombre; y no, no me importa lo que digas o hagas, bruja no es lo peor que me han llamado -se aleja y miro interrogante a Bernardo, Gonzalo yace en el suelo, seminconsciente.

- Es... una vieja conocida. Una gran guía aunque está loca -Bernardo también se aleja unos metros y me quedo solo.
Creo que me quedo dormido, pues cuando abro los ojos el sol ya se ha puesto. Gonzalo está perfectamente acostado y su brazo está vendado con una maestría que jamás he visto antes. Su respiración parece rítmica y pausada. Bernardo descansa contra el tronco de un árbol, es difícil saber si está despierto o dormido y mis ojos buscan instintivamente a la mujer del pelo color fuego. Tengo que ahogar un respingo al escuchar una risa sinuosa justo en mi cuello. Me vuelvo y ella me sorprende, muy divertida.

-Vamos monje, has descansado suficiente. -El fuego que hay justo delante de mi provoca un pequeño humo que me entra en los ojos, me escuecen y fruto de esta dolencia debo estar sufriendo alucinaciones pues ¡juraría que hay un lobo tumbado a escasos metros de nosotros, observándonos tranquilamente!. -Es mi amiga, mi compañera.... -la mujer ladea la cabeza y se sienta justo delante de mí - y ahora, monje, habla...

-¿Qué? ¿qué hable? -trato de echarme hacia atrás pero un leve gruñido del lobo me persuade -¡por Dios, dile a ese lobo que se quite de ahí!

-Es una loba, monje y no se irá a ningún sitio. -El rostro de la mujer es serio y sus cicatrices le confieren un aire salvaje - llevo siguiéndoos desde que salisteis de palacio. La reina me hizo este encargo. Pensé que sería un viaje aburrido ... pensé que este trabajo obedecía a un capricho de mi... de la reina. Pero lo de hoy ha despertado mi curiosidad, y eso es muy difícil....

- Yo, yo no sabía que nos estabas siguiendo ¿por qué? -miro a la mujer y comprendo que me está evaluando. No debe gustarle demasiado hablar.

-Yo pregunto, tú contestas -la loba gruñe y se levanta. Ahora está sentada, mirándome con cara de pocos amigos -

- Te diré cuanto sé -no me gustan las mujeres, fueron engendradas para la perdición de los hombres, pero he de confesar que esta me produce una mezcla de admiración y temor -Hace unos días, apareció en nuestro monasterio una mujer cubierta de extraños símbolos tatuados en el hombro derecho... -observo y comprendo que ella ya sabe esta parte de la historia - símbolos desconocidos... yo... yo... soy el escribano de mi monasterio y puedo asegurar que pertenecen a alguna clase de lengua oriental.... pero no estoy seguro....No puedo contarte mucho más de la historia yo presencié el incidente por error y por ello estoy metido en este lío -miro a la mujer a los ojos, unos profundos ojos oscuros, como la noche -mi superior me dijo que debíamos conducirla ante la reina y eso hicimos pero... una vez allí puede escuchar como la reina pretendía matarnos y conservar a la chica así que me ofrecí para viajar a las tierras del sur y encontrar a un hombre...

-...capaz de leer los símbolos -la mujer mira al suelo y luego se levanta -no me has dicho nada que no sepa. ¿Sabes algo de la profecía?

- ¡La profecía! -¡alabado sea Dios! esto escapa a mi comprensión. ¡Profecía!.

-No, no sabes nada -la mujer me mira con una mezcla de reproche y tristeza -La reina es gran amante de tradiciones orales y ritos ancestrales -la mujer observa mi cara y esboza una sonrisa- no te preocupes monje, no los practica. Los guarda y custodia. Ella asegura que un visionario predijo que en su reinado aparecería un mensaje no escrito capaz de alterar todo el mundo conocido. Y que este mensaje, esta ley.... tendría forma de mujer...

-¡Tonterías! -me levanto y me enfrento a la mujer de pelo rojo. Me arde todo el cuerpo y me siento invadido por la ira -¡No hay ley superior a la ley divina!

-Ya -la mujer se ríe.

-Dios es infinito y su ley nos alcanza a todos....

-Como su ira, monje, no te olvides de la ira divina -la mujer ríe, y la loba que permanecía sentada se acerca a ella.

-No hay nada por encima de Él -me acerco a la mujer y noto la respiración de la loba en mi mano derecha.- Todo esto son tonterías, locuras, desvaríos traídos de tierras de infieles. Esa mujer debió pasar su niñez en estas tierras y los símbolos no tienen ninguna importancia....

- Entonces hermano, podrás explicarme porqué os seguían por este bosque olvidado, porqué han estado a punto de mataros y porqué, en este mismo instante, estamos siendo vigilados...

jueves, 19 de agosto de 2010

IUS VIII

Muerta. Estoy muerta. El agua me arrastra hacia el fondo del río. No sé nadar. Hoy cumplo doce años. Muerta. Lucho deseperada contra el agua que me invade, pero ya estoy cansada. Estoy muerta.
Soy la hija de un rey sin nombre. He decidido sepultar el nombre de mi padre en el interior de este río. Morirá conmigo su recuerdo y espero que él muera también. Soy un peón en un juego ¡y yo que pensaba que en realidad estaba llamada a ser la reina!. Mi padre dejó de lado a su primera mujer para casarse con mi madre. Dicen que su hermosura y su bondad lo dejaron cautivado al instante. Pero el prometió sostener los derechos de su hija mayor pese a su nuevo matrimonio. Nadie le creyó, sobre todo su primera mujer.
Y por eso, hoy estoy muerta. Ella, la primera esposa de mi padre, ha trazado su venganza con una maestría sin límites. Hoy ha mandado que me sepulten en este río, poco le importa el rechazo de mi padre, la humillación, la verguenza, que la despojaran de su trono y privilegios pues por encima de todo quiere ver convertida en reina a su hija. Yo me he criado con ella y la quiero como a una hermana. Pero hoy, las aguas de este río también sepultarán su nombre. Lo arrastraré conmigo a las profundidades y que allí quede olvidado. Muerta. Y esa luz que me recibe en sin duda la puerta del cielo.
- ¿Cuánto tiempo lleva así? -debo estar soñando, oigo la voz de Bernado, nuestro más fiel amigo.
- ¡No lo sé! Oí a mi madre pedirle a uno de sus fieles que la condujera al río y que aquí....¡ay, Bernado! No tengo ni idea de cómo he podido sacarla del fondo, pero ¡no respira! -oigo la voz de mi hermana.
- Si, mira ¡está respirando! -Bernardo acerca su nariz a mi boca -Quizás no sea demasiado tarde.
- ¡Rápido! Llevémosla a palacio -la voz de mi hermana tiembla.
-¡No! -Bernardo es rotundo- tratará de matarla mil veces más. Desde que su madre murió ya nadie vela por ella. Y tu madre está cegada por la ira ¡lo intentará de nuevo!
-Mi padre no lo permitiría -la voz de mi hermana suena desgastada.
-¡Ya lo creo que lo hará! Necesita aliados y no es un buen momento para hacer enemigos y tu madre... ha sabido rodearse muy bien...-Bernardo coge mi mano - Cogeré uno de los caballos de palacio y la llevaré lejos ...
-¿Y luego? ¿No volveré a verla? -noto la preocupación de mi hermana, y trato de responder, pero me siento cansanda, muy cansada.
-Le has salvado la vida, ¡no tientes a la suerte! -los sollozos de mi hermana se pierden en mi memoria pero no la promesa que me hago a mi misma.
Pasan los años, pero sigo muerta. No me gustan las personas, no me fio de ellas. Me han llamado tantas cosas que no recuerdo ninguna. Vago sola, con una loba por única compañera.Una loba vieja, una perra fiel. El único ser vivo del que me fio. Me sentía llamada a ser reina y ahora me siento dueña de una libertad que jamás me ha asustado. Vago libre por cualquier lugar sea de noche o de día. Mis ojos todo lo ven y mis pies son ligeros. El sol ha curtido mi cara y he presenciado mil batallas pero no he participado en ninguna. Mi única guerra es librarme de la promesa que me ata a mi hermana. La promesa de ayudarla siempre que me necesite pues ella me dió la vida por segunda vez. Y el día que lo haga quizás sienta miedo de esta libertad que a otros asfixia o quizás vuelva a sentirme viva.
Observo a los cuatro hombres que se adentran en el bosque y presiento que ha llegado la hora de intervenir. Mi compañera se sumerge en las sombras, cuando se trata de hombres, me deja sola, aunque nunca se aleja demasiado. Estas tierras son peligrosas y van a ser atacados. Ha llegado mi hora, mi momento, debo cumplir mi promesa.
Uno de los caballeros yace en el suelo, con la cabeza destrozada por un golpe muy certero. El fraile está paralizado y Bernardo, mi viejo amigo Bernardo, se retira tratando de buscar un escondite seguro. El otro caballero alza su espada, pero es una lucha perdida desde el principio. Cinco hombre le rodean.
Tenso mi arco y realizo dos disparos; no fallo ninguno. Dos de los hombres caen, el caballero se hace cargo de un tercero y los dos que vienen a por mí no son conscientes de que van a morir. Pero yo lo sé, no me gusta intervenir en ningún enfrentamiento, pero cuando lo hago nunca pierdo.

miércoles, 18 de agosto de 2010

IUS VII

Tres largas jornadas de viaje y aún no hemos alcanzado los territorios del sur. Soy Pablo, escribano de un monasterio modesto, situado en el este de un país gobernado por una reina que todos temen. Y mi mala fortuna quiso que observara por la ventana de mi escritorio un incidente que ha cambiado mi vida por completo. A veces creo que esta aire que respiro va a ahogarme por completo. Jamás había imaginado salir del monasterio y era relativamente feliz viviendo a través de los libros un mundo que permanecía oculto a mis ojos. Mi vista se agudiza, mis sentidos se llenan de miles de imágenes y sonidos que me colman y saturan. Y mi compañero de viaje me permite disfrutar de la intimidad de este encuentro con la vida.
Bernardo, el confesor de la reina, su mano derecha, me sigue sin apenas hablar conmigo. No hemos cruzado más de diez palabras y sus ojos astutos ocultan un secreto que cada vez me intriga más. En el palacio de la reina, ese palacio robusto e infranqueable, he dejado a Anselmo y Clara. La reina espera mi llegada con un hombre capaz de descifrar el código que la muchacha lleva tatuado en su hombro derecho. Pero no sé si seré capaz de encontrarlo.
Apenas tenía diez años cuando salí de mi aldea para dirigirme al convento. Julián, el trenzador, era un hombre al que todos admirábamos. Luchaba sin cesar para conseguir más privilegios para nuestra pequeña aldea, sometida al señor feudal de turno. Luchaba sin tregua para abrirnos paso hacia una libertad que ninguno conocíamos y como sucede en la mayoría de los casos, la inseguridad de perder lo que se tiene lo hacía pasar por loco. Pero David, su hijo, fue mi íntimo amigo durante todo el tiempo que viví en aquella aldea y estoy seguro de que le reconocería sin lugar a dudas. Julián, el trenzador, partió a luchar para mantener una fe en la que él mismo ni siquiera creía, pero lo hizo para mantener a salvo a su familia. Y regresó de esas guerras hablando de prodigios que acrecentaron su fama de chiflado.
No espero hallar a nadie de mi familia, mi tío consiguió que me ingresaran en el monasterio poco después de que mis padres muriesen aquejados por una enfermedad que acabó con la mitad de las almas de aquella aldea.
Perdido en mis meditaciones, no soy consciente de que dos caballos se aproximan hacia nosotros a gran velocidad. Bernardo se acerca y me obliga a parar.
-Vamos, no nos harán nada, llevo la insignia de la reina -Bernardo me muestra su cuello. De él pende un medallón de oro con una forma similar a la de un anillo, pero con varias filigranas grabadas.
- Si lo que dicen es cierto, Bernardo, espero que no sean rebeldes de las tierras del sur. Los rumores han traspasado las tierras y han llegado al monasterio. El sur se rebela contra la reina y las aldeas piden su libertad. Ya hay villas que no se someten al dominio antojadizo de los grandes señores - se libra una batalla por la libertad. Y ese clamor se extiende con tanta fuerza que al comentarlo ante la reina pude comprender su miedo.
- Tú calla, fraile. El poder de la reina no conoce límites y quién no se someta a él corre el riesgo de ... - Bernardo cae del caballo. Los dos jinetes nos han alcanzado y la yegua negra de Bernardo lo lanza con relativa facilidad. No puedo evitar sonreír al verle tumbado en el suelo.
- ¡Alto! ¿Quienes sois y a dónde vais? - miro la pobre silueta de Bernardo tratando de incorporarse del suelo y contesto sin vacilar.
- Soy Pablo y por mis hábitos habréis supuesto que soy un hombre de Dios. Y .. él, él es Bernardo, consejero de la reina. Nos dirigimos a las tierras del sur pues debemos encontrar a un hombre que debe prestar un servicio a la reina....
Ja! - miro a los dos hombres con detenimiento. Van armados, deben ser soldados a juzgar por sus vestimentas. El más alto de ellos lleva el pelo largo y recogido, su cara está cubierta de determinación. El otro lleva el pelo muy corto y luce un pendiente en su oreja izquierda. Es un hombre fornido y el color de sus ojos es incierto. Su mirada me traspasa, el primer hombre me mira con indiferencia. El de pelo corto es el que me ha hablado -Yo soy Carlos y he servido a la reina durante más de diez años. Este es mi compañero, Gonzalo, también al servicio de su majestad hasta que nuestro acuartelamiento se deshizo. Ahora no tenemos señor a quién servir y francamente, tampoco lo buscamos.
-El sur es un territorio peligroso, no lograréis llegar - Gonzalo, el más alto, cruza sus manos con desidia y nos mira con cierta soberbia.
- Pues vosotros nos guiaréis -Bernardo ha conseguido doblegar a su yegua y vuelve a estar a nuestra altura.
- Ya te hemos dicho que no servimos a nadie -Gonzalo lo mira, la conversación comienza a ser tensa.
-No, no tenemos señor -Carlos mira a Bernardo y se lleva la mano a la cintura. Es cuando me fijo en la magnífica espada que porta.
- No tenéis señor, pero seguro que si tenéis precio ¿cuánto? - Bernardo los mira con aire de suficiencia y me doy cuenta de que ha ganado la primera batalla.
-Eso es otra cosa -Carlos se vuelve a su compañero -¿cuánto?
- No los guiaría hasta las tierras del sur por menos de dos bolsas repletas de oro -Gonzalo esboza una amplia sonrisa.
- No hay problema, las cobraréis en cuanto alcancemos de nuevo el castillo ... - Bernardo vuelve la cabeza con total seguridad, pero las palabras de Gonzalo lo dejan totalmente paralizado.
-Lo cobraremos ahora mismo. Dos bolsas de oro equivalen a la insignia que portas en el cuello, a tus anillos y a las monedas que puedas llevar encima. Jamás volveré al castillo, puedo asegurártelo ...
-No, no lo haremos. Se vive bien sin señor a quién rendir cuentas -Carlos termina la frase con una carcajada. Tras unos instantes de tensión, Bernando cede y comienza a despojarse de sus pertenencias.
-¡Lo pagaréis caro! -pero su reproche se pierde en los misterios de un bosque que nos invita a cruzar.... y antes de que nos demos cuentas, nuestros guías improvisados nos abren el camino.
Pero lo que nadie ve o presiente, es que varios pasos por detrás de nosotros nos sigue raudo un jinete montado sobre un hermoso caballo. El jinete viste por completo de negro y recorre el camino con la seguridad de quién ya lo ha hecho en varias ocasiones. Su capucha cae hacia atrás mostrando unos hermosos mechones de pelo rojizo... justo a su lado pasea un magnífico lobo de dimensiones colosales. Su hermoso pelaje gris y blanco le confiere unos tintes casi mágicos realzados por la luz de una luna roja.
- Buena chica, ¡sin ti no lo habría conseguido! -la mujer de pelo rojo baja del caballo con agilidad y tiende su mano hacia la loba que agacha la cabeza para recibir el tributo de la caricia. -Descansemos unos instantes y luego seguiremos nuestro camino. Les llevo mucha ventaja -la mujer se apoya contra un árbol - Te llevo a ti.

martes, 17 de agosto de 2010

IUS VI


- Habla -la reina me recibe cubierta por unas hermosas telas blancas. Sus ojos resplandecen llenos de ira y comprendo que hoy más que nunca mi vida pende de un hilo.
- Creo que puedo leer los símbolos de la muchacha -la miro directamente a los ojos.

- Entonces te la traeré de inmediato, fraile - la reina cierra un puño con rabia.

- No me he explicado con claridad, señora. Puedo encontrar a alguién que me ayude a descifrarlos. Creo reconocer esta lengua antigua. - Voy a ser víctima de su enfado de un momento a otro así que no pierdo el tiempo -antes de ingresar en la orden, yo vivía en las tierras septentrionales de vuestro reino. Allí vivía un hombre que visitó tierras orientales y partició en las guerras para restablecer en ellas la fé....

- Si, no me lo recuerdes. Gerras inútiles que nos han costado gran parte de nuestra riqueza -la reina me mira con odio.

- El caso es que este hombre tenía un hijo y el niño era mi amigo más íntimo. Una noche, cuando el hombre volvía de trabajar sus tierras, se descubrió el pecho y recuerdo... recuerdo como si ese instante fuese ahora mismo....-mis ojos se pierden en el recuerdo de ese símbolo con forma de luna menguante- un símbolo tatuado en su torso idéntico al que la muchacha luce en el hombro...

- Ya. Comprendo. Pues bien, dime quién era tu amigo y mandaré traerlo de inmediato. En cuatro jornadas a lo sumo habremos salido de dudas.....- Bernardo se adelanta a la reina, en sus ojos brilla un atisbo de impaciencia.

- Imposible, señor. Soy incapaz de recordar su nombre...Pedro, Juan, Benito .... - Bernardo me mira tratando de fulminarme, pero no lo consigue. - Además, si las noticias no son falsas creo que las tierras del sur os son hostiles. Penetrar en ellas con soldados no haría sino acrecentar los recelos y los problemas. Yo iré allí, buscaré a este hombre y él se encargará de descifrar el mensaje...

- ¿Nos queda otro remedio? -la reina ríe y luego se para en seco -Partirás de inmediato.

- Partiremos, señora, Anselmo y la muchacha han de acompañarme -los miro con decisión, pero la reina vuelve a reír y esta vez lo hace con ganas.

- No eres tonto fraile, pero yo lo soy menos. Partirás con tu amigo el bardo y con Bernardo, por supuesto... tu querido hermano Anselmo y la muchacha esperarán impacientes tu regreso -la reina enarbola una sonrisa en señal de victoria.

- Y una vez que regresemos y descifréis el código, nos mataréis - la miro directamente y noto un reflejo de sorpresa en sus ojos-.

- Es probable, monje, pero piénsalo de esta manera ¡ahora te dejo cuatro días más para meditar sobre tu salvación! -la reina suelta una carcajada - y de cualquier forma tengo entendido que, para vosotros, este mundo es tan solo un tránsito hacia el otro, así que a las malas estás a cuatro días de reunirte con Dios y concluir esta visita terranal que a mi juicio, ya va durando demasiado -mis pupilas se dilatan por el pánico. A esta mujer la inspira el mismísimo demonio.- Espero que una vez en su presencia no le hables mal de mí. El ejercicio del gobierno a veces exige tomar ciertas decisiones - Esta vez me mira con un rescoldo de tristeza en sus ojos.

-Vamos fraile, retírate, partimos mañana a primera hora -Bernardo me mira, sospecho que este viaje le gusta tan poco como a mí.

No hay más que decir, me despiden con un ademán repleto de silencio pero lleno de significado. Dos soldados me guían de vuelta a mis aposentos. El frío de los muros se instala en mis huesos y toda la fuerza que he demostrado ante la reina cae sobre mi propio cuerpo reclamándome descanso.

La luz de la sala de audiencias comienza a extinguirse. La reina alza la mano para impedir que apaguen las antorchas que se sitúan junto a su trono. Bernardo se ha retirado, y una puerta lateral se abre discretamente. Un ser más negro que las propias sombras surge de la puerta. Su silueta alta y delgada se dirige silenciosamente hacia el trono. Una capucha la resguarda contra toda la curiosidad y las dudas. Una vez frente a la reina inclina levemente la cabeza.

- Has llegado a la hora acordada -la reina evita mirar a la silueta que afirma con la cabeza - Te necesito. Te necesito más que nunca. -la cabeza de la sombra se ladea ligeramente, invitando a la reina a seguir hablando - Hace años existió en este reino un viejo visionario. Algunos decían que tenía el poder de predecir el futuro y sobre todo las desgracias en él escrito. Este hombre, este visionario, predijo que en mi reinado se descubriría una ley no escrita, una norma forjada con la fuerza del tiempo y la costumbre. Y que esa norma no escrita desmembraría este mundo sometiéndolo a los caprichos de esta ley no escrita. "Ius non scriptum....una ley no escrita custodiada en la piel de una mujer" dijo el visionario justo antes de morir -la reina agarra con fuerza su camisón blanco, mientras la sombra ladea de nuevo la cabeza - Ayer aparecieron dos frailes y un extraño personaje custodiando a una mujer cubierta de símbolos extraños. En principio pensé matarlos a todos -la sombra se gira levemente -Sí, lo sé, para eso no te hubiese necesitado... pero por alguna razón que desconozco, necesito, quiero, deseo conocer el contenido de esos símbolos. Uno de los frailes parte mañana junto con Bernardo a las tierras del sur. Allí existe un hombre capaz de leer el mensaje...-la reina mira a la sombra. Pero enseguida desvía su mirada- Necesito que los sigas y los vigiles. Necesito que traigas de vuelta al hombre capaz de leer el mensaje.... -la sombra no deja terminar a la reina, se da media vuelta y se dirige a la puerta - espera ¡espera! ¡no me has dicho si lo harás!

- ¿Acaso te he fallado alguna vez? - la silueta de deshace de su capucha negra, mostrando un rostro de mujer cubierto por mechones de pelo del color del fuego....

lunes, 16 de agosto de 2010

IUS V


-Lo he escuchado perfectamente -miro a Anselmo que parece agotado, se cubre la caeza con las manos - piensan matarnos. Al menos a nosotros.

- ¡Ja! Lo supe en cuanto os ví en mitad del bosque ¡ya sabía yo que no érais de fiar! -Jacobo nos mira haciendo pucheros- Mi prometedora carrera como inventor, truncada por haber dado con malas compañías... y por cierto ¿por qué me dijísteis que la mujer era un fraile?

- Es una larga historia y no tengo ni ganas ni tiempo para contártela -Anselmo se levanta y me mira resignado - En cualquier otro lugar del mundo respetarían nuestra condición de hombres de Dios... pero ella...

- Shhhh ¡no te metas en más líos, fraile! -Jacobo hace un gesto y pide silencio a Anselmo - la mayor parte de lo que cuentan son leyendas. No es más cruel que cualquier otro rey.

- Es una mujer, y nosotros somos incapaces de comprender la profundidad de sus malas intenciones -Anselmo se dirige a una ventana, la ventana por la que yo miro -¿No dices nada, Pablo? -estoy concentrado mirando la exquisita silueta de la luna. Desde que Clara llegó a nuestras vidas se tiñe de un extraño color rojizo...

- Tal vez no esté todo perdido -mis compañeros de viaje me miran, yo callo, la luna se vuelve más roja y su hermosa silueta me recuerda a uno de los símbolos tatuados en el hombro de Clara.

Los muros del robusto castillo de la reina son testigos de miles de batallas y guerras. Los años codiciosos no han sido capaces de arrebatarle ni un ápice de su dureza.

Los aposentos de la reina ocupan tres estancias del castillo. Las malas lenguas aseguran que uno de ellos está destinado a custodiar de manera exclusiva todos los ropajes que ella ha lucido en sus treinta años de vida. Y por todo el reino es conocido su gusto por los zapatos de diversas formas, tamaños y colores. En otro de los aposentos dicen que la reina custodia escritos que contienen viejas fórmulas ancestrales, ritos prohibidos, costumbres deshechadas por la Iglesia. Dicen que esa sala colosal contiene secretos dictados por el mismísimo diablo y que las llaves son custodiadas por Bernardo, su confidente, su mano derecha. En el tercer aposento descansa la reina, duerme en una cama de proporciones gigantescas, cama que comparte de manera ocasional con quién le place. Cuatro soldados de su séquito personal custodian la puerta de sus habitaciones.

-Ius non scriptum -la voz de Bernardo retumba en la habitación de la reina. Ella está tumbada sobre su cama.

- Bernardo, llevas repitiendo esa frase desde que hemos llegado a mi habitación. Te rogaría que parases, estoy cansada y me duele la cabeza. -La reina se levanta y se pone frente a Bernardo.

- Ius non scriptun, una ley forjada por la fuerza de la costumbre, fuerza más poderosa que todos los códigos escritos -Bernardo mira a la reina - la chica, los símbolos tatuados... y la profecía.

- Cuentos para viejos, Bernardo, cuentos para viejos -la reina se acerca a Bernardo - los tres acompañantes de la chica deben ser ejecutados. Nadie debe saber de su existencia ni del extraño mensaje que custodia. En cuanto a ella, la encerraremos hasta descifrar el código y luego ya decidiremos que hacer...

- No me importa lo que haga con los frailes y ese... ejem... ese... cantamañanas, en cuanto a ella, si es la portadora de la ley no escrita....si es ella... puede que abramos la puerta de una nueva desgracia. Este tiempo que vivimos puede transformarse, deshacerse, corromperse bajo la fuerza de un mandato ajeno a todo lo que conocemos ...- Bernardo se acerca a la ventana de la habitación de la reina.

-Vamos, Bernardo ¡no seas cobarde! Quiero conocer el mensaje que oculta su piel, quiero conocerlo por completo. No me asustan los mensajes, ni los símbolos o las leyendas. Me asusta lo que los hombres puedan hacer con ellas. Está decidido - La reina vuelve a acostarse y justo en ese momento suenan unos discretos golpes en su aposento - Ve tú, Bernardo -Bernardo se dirige a la puerta, la reina se deshace de su pesado ropaje color grana y a cambio se cubre con un camisón blanco y vaporoso que la cubre por completo. Sus manos despliegan las sábanas de la cama y justo cuando está a punto de meterse en la cama, la voz de Bernardo la detiene...

-Señora, creo que aún no podrás descansar -Bernardo la mira con los ojos muy abiertos.

- Espero que lo que tengas que decirme sea lo suficientemente importante....

- El fraile más joven asegura que es capaz de descifrar el mensaje.

domingo, 15 de agosto de 2010

IUS IV


- He parido cuatro hijos. Los cuatro varones. He sofocado cien mil revueltas y he sometido bajo mi dominio a todos los señores feudales que forman parte de mi reino. Es un reino extenso ¿sabéis? -los ojos de la reina se posan en mí por un instante. Su mirada me traspasa y me congela. Ahora comprendo porqué se la teme en todos los confines de la tierra - Mi padre me casó apenas había cumplido yo trece años. Con quince ya era madre de dos de mis hijos y viuda. No voy a negaros que la situación me satisfizo, no soportaba a mi esposo -se ríe - mis otros dos hijos no tienen padre, ni falta que les hace, su madre es la reina. Ayer ejecuté a dos nobles condes y a un duque, parece que estaban tramando una sublevación y como yo siempre digo mejor es prevenir que curar - vuelve a reírse y se levanta de su trono de madera. Se dirige hacia nosotros, es una mujer alta, robusta, lleva el pelo desordenado y juraría que algún tipo de pintura negra que potencia su terrorífica mirada -así que estoy cansada, muy cansada. ¿Qué podría impedir que ordene que os rebanen el cuello? -nos mira con una sonrisa que incluso parece cándida -¡Me habéis despertado y aún o ha despuntado el día!
-Se...señora... yo ... -Anselmo trata de adelantarse un paso, pero la mano de la reina le impide seguir. Incluso me parece gracioso observar como el corpulento Anselmo tiembla de miedo -
- Habla fraile o juro que yo misma te atravesaré con una espada antes de que puedas pestañear. Siempre he dicho que los hombres de dios sois unos verdaderos inútiles -la reina vuele a su trono y observa a Anselmo.
- Cumplo órdenes, señora. Y provienen del Santo Padre -Anselmo pronuncia con mucho respeto estas últimas palabras.
- ¡Ja! -la reina lanza una carcajada seca - no he conocido hombre más pecador que vuestro santo padre. Pero espero que esté algo menos disgustado conmigo -mira a su derecha, una sombra se ha colocado justo a su lado. Es un hombre alto, delgado, desgarbado y muy pálido - Este es Bernardo, mi consejero. -Su amante, dicen las malas lenguas. Observo al hombre que nos mira de manera inquisitiva.
- Señora, estoy seguro de que nuestro Santo Padre ya os ha perdonado vuestro...arrebato -Anselmo agacha la cabeza y baja el tono de voz.
- ¿Arrebato? No me provoques, fraile. ¡Arrebato el suyo! Trató de que me arrodillara ante él ¿lo sabíais? -Anselmo trata de contestar pero la reina no espera respuesta - y no no me arrodillo ante nadie ¡nadie! -las mujeres han sido creadas para tentar a los hombres y conducirlos por las malas sendas. Sus lenguas viperinas inducen al pecado. -Vete al grano, me estás hartando.
- Yo, vengo a entregaros a esta mujer - Anselmo empuja a Clara hacia la reina y Jacobo, nuestro guía, lanza un grito de sorpresa. Hasta este momento el pensaba que Clara era un fraile, como nosotros. Clara se quita la capucha que la cubre y mira a la reina a los ojos. Seguro que la fulmina con su mirada. Siento pena por ella. - Ella tiene un mensaje para vos, señora.
- Bien ¡qué me lo entregue! -la reina se pone en pie y hace un gesto a Bernardo - ¿Y venís tantos para acompañarla?
- Dame el mensaje -Bernardo apenas mueve los labios para pronunciar las palabras. Extiende sus largos brazos y mueve los dedos blancos y huesudos.
- No -Clara lanza un no rotundo y seco.
- ¿Cómo? -Bernardo la mira estupefacto, pero mis ojos alcanzan a ver una sonrisa de satisfacción en la cara de la reina -¿Te niegas a cumplir la orden de la reina? Muchacha ¡no estás en tu sano juicio!
- Solo a ella- Clara es diminuta en comparación a Bernardo y su piel morena contrasta con la palidez cerúlea del consejero de la reina. -No pienso desnudarme delante de ti.
-¿Qué? - Bernardo se vuelve indeciso ante la reina y esta decide bajar los peldaños que la separan de nosotros.
- ¡Desnudarte! -la reina mira a Anselmo -¿es esto una broma de tu santo padre? Porque si es así yo misma iré a buscarlo y le rebanaré el cuello....
-....con el filo de la espada -Jacobo que lleva todo el rato callado, termina la frase de la reina. Su voz chillona y estridente resuena por todo el salón de audiencias. Todos lo miramos - Perdón, perdón, es que no me gusta estar tanto tiempo callad. ¡Majestad, soy Jacobo! Juglar, cantamañanas, remiendacorazones, inventor y ... ¡la persona que los ha guiado hasta aquí con éxito!
- ¡Tú nos has perdido, idiota! -Anselmo no puede evitar mirar con ira a Jacobo que se calla de inmediato -Majestad, lo que la chica quiere decir es que... veréis, es complicado pero .... -Anselmo se pone nervioso y noto la impaciencia de la reina y su consejero. Nuestras vidas corren peligro.
-Señora, lo que mi hermano quiere decir es que la chica es el mensaje. Lo lleva tatuado en su cuerpo. Los símbolos comienzan en el hombro derecho y .... -la cara de estupefacción de la reina me alivia unos segundos y me da valor para continuar - puedo aseguraros que jamás he visto nada parecido.... perdonadme, soy Pablo, copista del monasterio.
El silencio se instala en los muros de esta sala de audiencias. Bernardo se acerca a la reina y le musita algo al oído. Ella asiente.
- Seréis conducidos a unos aposentos para que podáis descansar hasta mañana - Bernardo habla con ceremonia y seriedad. Hace un gesto casi imperceptible con la mano izquierda y de repente, hacen su aparición tres soldados que nos invitan a seguirlos. Nadie habla, nos limitamos a obedecer un mandato silencioso y rotundo.
-... pero que conste ¡yo jamás me pierdo! -Jacobo se dirige a Anselmo en voz baja. Sus palabras me distraen un instante, pero mi oído habituado al cuchicheo de los roedores capta la última frase de la reina. Una frase que se diluye entre estos muros cubiertos de tiempo...
- Como vulgarmente se dice, Bernardo querido, hay que matar al mensajero... bueno, en este caso, a los tres mensajeros....