
Estos días de sol confirman lo que ya publicaban los calendarios: es primavera. A mí las estaciones de tránsito me sientan especialmente mal... y bien. Es como si mi cuerpo luchara por acomodarse al sol, los pajarillos, las terrazas de los bares, las sandalias y otros complementos del calor. Y como si se tratase de una puerta de madera, me resiento, pues los días corren más rápidos que mis esfuerzos por acomodarse a ellos. Es como si este aire de primavera soplara con fuerza dentro de mí y esa luz fuera demasiado fuerte como para ser contenida por este cuerpo.
Tres días malos, tres frases mal dichas y me superan las ganas de gritar y de llorar. Una buena noche de sueño y me levanto con las fuerzas de todo un ejército. La verdad estoy harta de tanta incertidumbre: ¿mañana tendré un mal día o un día bueno?.
Ayer fue uno de esos días malos, por nada en concreto y un poco por todo.
Pero ¿sabéis? las hadas existen. Son guerreras generosas que luchan incansables contra los malos días. Son fuerzas mágicas que arrasan todo atisbo de tristeza y oscuridad. Las mías tienen forma de mujer y ayer brindaron conmigo conquistandándome con su risa generosa y permitiendo que el sabor del vino que me regalaron aún hoy permanezca en mi boca.
Y ya no le tengo miedo a esta primavera que amenaza con ahogarme a fuerza de incertidumbres.
Gracias a Ana y Encarni por los vinos de ayer, a Lolilla por sus mimos, a Gabi, Anita y como no, a Ali y Emma.
