Una forma diferente de mirar el mundo...

Cerramos con postigos las ventanas de nuestras mentes.
Encerramos y sometimos a los pensamientos de mil formas diferentes.
Y ellos encontraron una alternativa para brotar libres.-

viernes, 9 de septiembre de 2011

EL LIENZO (parte I)

En una noche de este verano, entre vinos, copas y risas, surgió la posibilidad de grabar una historia. En cuanto Maribel me miró y dijo: "eso ella que es la que se inventa las historias", mi cabeza comenzó a volar. Y es que no lo puedo evitar, miro a las personas y les imagino una vida. La vida que me inspira una mirada, un gesto, una palabra... Es una noche de verano, entre vinos, copas y risas, lo que se dice suele caer en el olvido. Pero cuando se trata de crear yo no puedo evitar que esas "locuras" se instalen en mi cabeza y se hagan realidad...





Acabo de levantarme. Me dirijo al cuarto de baño y meto la cara bajo el grifo de agua helada. Ayer me acosté demasiado tarde tratando de poner un poco de orden. Miro la hora. Son las ocho y treintaicinco. Tengo algo menos de media hora para darme una ducha y vestirme. Tomo una taza de café frío para despejarme.

Justo cuando termino de ponerme la camiseta, suena el timbre. Miro el reloj. Son las ocho y cincuentaisiete. Me dirijo a la puerta y abro. Allí está ella. No me la imaginaba así.
Debe medir un metro setenta. Apenas me llega al hombro. Lleva una melena corta y su pelo es muy oscuro, casi negro. La piel es extremadamente blanca y las ojeras denotan que está cansada o enferma. Los ojos son grandes, de color verde grisáceo. Lleva un abrigo a cuadros grises y azules. Esperaba otro tipo de mujer. La típica mujer que encarga un cuadro a un pintor de cierto prestigio, es una mujer orgullosa de sí misma. Pero la mujer que yo tengo delante parece estar a punto de diluirse, de desaparecer.

- ¿Puedo entrar? - su voz es suave, casi como un susurro.
- Claro. Perdona... yo... -me he detenido demasiado tiempo en observarla.
- Estabas observándome. Supongo que es tu trabajo -trata de sonreír con la boca, pero sus ojos están tremendamente tristes. Pasa a mi lado, sin rozarme. No me ha tendido la mano ni ha hecho ademán de darme dos besos. Cierro la puerta. Ella avanza unos pasos y se queda quieta, esperando.
- Bueno, este es mi estudio - mi salón es espacioso y totalmente diáfano. Al fondo hay una enorme cristalera que me permite trabajar con luz. Ahora las cortinas están corridas. Justo en frente de la cristalera y al otro extremo, hay una pequeña cocina con una barra que divide levemente el espacio. Solo el cuarto de baño y mi habitación están separados de mi salón-estudio-cocina. Cuando llegué no era así, pero hice que tirasen todos los tabiques. Necesitaba el espacio para no sentirme enjaulado.
- Y tu casa - me contesta sin darse la vuelta. Se desabrocha el abrigo. Lleva un vestido negro, por encima de la rodilla, lo suficientemente ceñido para acentuar su delgadez. Los zapatos son planos, negros, sencillos. Se dirige al sofá, uno de los pocos muebles que permito en mi casa. Es de color vino. Sobre él deja el abrigo y se sienta - ¿empezamos?
- Bueno -trato de sonreír, pero estoy demasiado sorprendido como para hacerlo de manera natural -primero necesito saber qué es lo que quieres exactamente, por teléfono no me ha quedado muy claro.
- Quiero que me pintes - su respuesta es rápida y contundente. Lleva dos meses asediándome con la misma petición. Las llamadas comenzaron a principios de agosto. Siempre traté de explicarle que yo no hacía retratos, que yo me dedicada a otro tipo de pintura y sobre todo que no trabajaba por encargo. No me ha gustado nunca y por suerte jamás he necesitado hacerlo... pero fue inútil. A mediados de septiembre pensé que iba a volverme loco y soñaba con esa voz que me susurraba "quiero que me pintes, tienes que ser tú". Al final me decidí a aceptar el encargo, seguro que de otra manera esa mujer no me dejaría en paz. Me dijo que se llamaba Marta. No pactamos condiciones y yo esperaba hacerlo antes de comenzar a trabajar.
- Marta, necesito saber más cosas. Qué tipo de retrato quieres - me recojo el pelo en una coleta, suelo hacerlo cuando voy a empezar a trabajar. Ella trata de sonreír.
- Lo dejo a tu elección - flexiona las piernas y las coloca sobre el sofá. Pone sus delgadas y blancas manos sobre las pantorrillas -¡Qué frío hace aquí!
- ¿Frio? ¿Quieres que encienda la estufa? -comienzo a colocar el caballete y sobre él, el lienzo. Cojo uno al azar, aún no sé que medidas quiere.
- No, déjalo. Yo siempre tengo frío y parece que últimamente ha refrescado -sus ojos se clavan en mí un instante y noto una punzada en el pecho. Sus ojos transmiten una tristeza infinita. Los desvía consciente de que me hace sentir incómodo.
- Marta... agradezco tu confianza en mi criterio a la hora de pintar tu retrato pero... al menos dime qué te ha movido a querer hacerlo -la miro mientras derramo los óleos sobre la mesa de trabajo.
- Es...complicado. Verás, yo nunca he sido partidaria de fotografías y retratos -se ríe - pero ahora necesito que me pintes. Para que me recuerden - las últimas palabras las dice casi sin fuerzas y comprendo que va a llorar. ¡Qué tonto he sido! Es obvio. ¡Está muriéndose!. No hay más que verla. Está totalmente demacrada, escuálida, ojerosa.
- Marta.. yo... yo te prometo que trataré de hacerlo lo mejor posible.
- No me cabe la menor duda -me sonríe y mira hacia la ventana. Cambio el caballete, esa postura es perfecta. Mira de perfil hacia la luz que se filtra por la ventana. Esa luz la baña y le confiere un aspecto mucho más saludable. Es una mujer muy hermosa, de eso no cabe duda. La enfermedad no puede alterar esa cualidad y yo soy un experto en observarlo todo.
Cuando Marta se va son las ocho de la tarde. Llevo todo el día trabajando pues Marta me ha dicho que no le queda mucho tiempo. No ha querido probar bocado, y no le he insistido. Estoy contento, el resultado es brillante. No me dedico a los retratos y puede que hace años pintase alguno. Lo he olvidado. Pero inmortalizar a Marta no es hacer un retrato, es encerrar una vida entera para que luego brote a través de los ojos de los demás. Lo de hoy apenas puede servirme de boceto pero su cara, a través de mis manos, ha recuperado el brillo y la luz. He rellenado un poco las mejillas y he prescindido de las ojeras. En mi cabeza ya tengo decidida la tonalidad que aplicar a su piel y su boca será de un rojo brillante. Hoy me ha hablado de su infancia y de su adolescencia. Y por primera vez desde que hablo con ella, he percibido felicidad. Me acuesto satisfecho y pongo el despertador a las ocho veinte.

Poco antes de las nueve, Marta toca a mi timbre. Abro la puerta ansioso y Marta consigue volver a impresionarme. Hoy está peor que ayer. El tono de su piel es casi transparente. Las ojeras y las bolsas de los ojos mucho mayores y los labios están amoratados, al igual que los dedos de las manos.
-Buenos días -consigue decirme con cierta dificultad. Pasa aprovechando que me he apoyado contra la puerta.
-Marta ¿te encuentras bien? -cierro y me giro, pero ella ya está preparándose, adoptando una postura idéntica a la del día anterior.
- Si, no te preocupes. ¡No nos queda demasiado tiempo! -sonríe, pero apenas consigue que los labios tracen una pequeña y cansada mueca. Gira levemente la cabeza y repara en mi pequeña biblioteca. - ¿Es tu mujer? -sus ojos se han posado en un marco plateado que hay justo delante de mi colección de autores alemanes, son mis predilectos. Me rio.
- No ¡que va! Es la modelo que traía el marco. Me lo regalaron y aún no le he puesto foto -vuelvo a reír y ella me mira.
- ¿Sabes? Yo estuve casada. Pero la cosa no funcionó -se queda pensativa.
- ¿Fue hace mucho? -he comenzado a pintarla, sin que ella se entere. Mi reto consiste en tratar de captar esa mirada enigmática, perdida, triste.
- Hace una eternidad -se ríe - pero juntos hicimos algo grande. Mi hija.
- ¿Tienes una hija? -no se me había pasado por la cabeza que aquella mujer tan frágil y enferma pudiese ser madre. Los ojos se le han llenado de ilusión y percibo una nueva mirada que me cautiva llena de fuerza, de luz, de alegría.
- María. Mi hija se llama María -Marta habla y sus palabras rebosan entusiasmo. A veces me parece mentira que el color no acuda a sus mejillas, porque está espléndida. A veces mueve las manos y me pide perdón por abandonar su pose. Se pasa casi todo el día hablando de su pequeña María. -María es alegre y rápida. ¡Es vida! -me emociono al pensar que Marta pronto se separará de su hija. Que no va a verla crecer... pero la noto tan feliz que es imposible no contagiarme de ese entusiasmo. Al caer la tarde permanece unos minutos en silencio. Luego apoya su cabeza en el sillón y vuelve a mirarme. Sus ojos ya me están interrogando antes de hablar- ¿te has enamorado alguna vez?
- ¡Supongo que muchas! Ya no soy un niño -me río. He contestado casi sin pensar.
- Eso está bien -Marta me mira .
- ¿Enamorarse? Ya no estoy tan seguro.
- Entonces, es que nunca has estado enamorado -Marta se ríe. A pesar de su aspecto, yo calculo que debe ser más joven que yo. Pero habla con si hubiese vivido cien vidas. A veces envidio su seguridad. A las ocho en punto, Marta se va. Hoy no hemos probado bocado ninguno de los dos. Su presencia me fascina. Y me doy cuenta de que he mirado más de lo habitual el reloj deseando que no llegase la hora de la despedida. Miro el cuadro. Es increíble, pero casi está terminado. Jamás quedo conforme con nada de lo que hago, pero este cuadro en cuestión me encanta. Casi juraría que la cabeza de Marta va a girar para mirarme. Y que sus enormes ojos grises van a sonreirme como lo han hecho durante casi todo el día de hoy. He enmascarado su palidez con un suave tono rosáceo y sus labios ya son rojos en mi lienzo. Su lienzo. El lienzo de Marta. Está preciosa, casi tan hermosa como cuando la contemplo al natural, pues la enfermedad que la consume no puede enmascarar su alma.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

HOY ES NOCHE

Buscando un texto para interpretar, surgió Noche. Fue una experiencia muy curiosa escribirlo. Me senté en la cama, con el ordenador sobre mis piernas y "Noche" brotó sin más. Nunca hasta ahora había escrito algo con lo que me sintiera tan cómoda como este texto. Nunca hasta ahora he sentido un texto tan mío como Noche.

Es un texto para interpretar. Se estrenará el próximo 14 de enero de 2012 en Albolote, clausurando el I CERTAMEN NACIONAL DE TEATRO CIUDAD DE ALBOLOTE, un nuevo reto que estoy asumiendo con mucho placer y trabajo.

Trabajarlo junto a mis compañeros es un placer. Interpretarlo es una mezcla de sensaciones extrañas pues Noche me deja exhausta cada vez que me presto a esa Reina enjaulada en un país de bestias. Y puedo asegurar que jamás he sentido tantísimo al interpretar algo. Noche consigue que termine sumida en una total oscuridad y que al despertarme siga soñando que es "noche que amenaza con ser infinita". Pero me hace feliz.

Gracias a Fran (Rey y Conciencia) y a mis tres Mujeres de Granate (Inma, Encarni e Inma), Noche se convierte en realidad poquito a poco...

Llevaba tiempo deseando colgarla y hoy, por fin, la he registrado y la muestro en este espacio como madre orgullosa. Pues hoy es noche.


PRIMER ACTO
El escenario está a oscuras. Suena el tañido de una campana que crece en intensidad. El sonido se repite tres veces.


REINA: -Más que voz es llanto- ¡No puedo más! ¡Quiero que pare!
VOZ: -La voz es grave e irónica- ¿Te molesta?
REINA: -Confusa, con miedo- ¿Quién habla?
VOZ: -Riéndose- ¿No me conoces? ¡Silencio!
Se hace la luz, es una luz azulada que invade todo el espacio mostrando en el centro de la escena a una mujer cubierta por una sencilla túnica marrón (REINA). Sostiene su cabeza con las manos, en un gesto de desesperación, tratando de contener el sonido que perfora sus oídos. El sonido de las tres campanadas se repite tres veces y desaparece de súbito. Tras la Reina, una silla negra. Por su derecha aparece una mujer vestida con túnica granate. Justo por el extremo opuesto ha aparecido otra y del fondo del escenario emerge una tercera. Las tres mujeres se dirigen hacia la reina rodeándola a cierta distancia. Aparecerán justo con las tres últimas campanadas, y cada una de ellas saldrá a escena acompañada por uno de los tañidos.
MUJER GRANATE 1: El tiempo se agota. La ciudad espera tu respuesta.
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡Habla!
MUJER GRANATE 2: ¿Qué es lo que retiene tu lengua, mujer? Vivimos asediados desde hace meses. Nuestras murallas ya no pueden contener más tu silencio. Habla. ¿Qué has decidido?
MUJER GRANATE 3: -Le tiende una daga a la reina- ¡Toma! Toma esta daga con la que has de poner fin al lamento de tu pueblo. ¿Qué le debes a tu esposo salvo la vergüenza de que tu vientre permanezca estéril?
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡Nada!
MUJER GRANATE 2: ¡No le debes nada!
MUJER GRANATE 1: -Avanza un paso hacia la Reina- Desliza silenciosa esta daga por su cuello. Hazlo para que el amanecer rompa esta noche que promete ser eterna. Derrama el filo de esta daga por su cuello, como caricia muda…
MUJER GRANATE 3: …y libéranos de este sufrimiento. Sólo a ti te corresponde. Este asedio dura ya demasiados meses. ¿No los escuchas, mujer? –La mujer de granate 3 toma con violencia del brazo a la Reina obligándola a acercarse al público- Piden tu trono. Reclaman este reino huérfano de herederos.
REINA: -Soltándose- ¡No puedo!
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡No quieres!
REINA: ¡No puedo matar a mi esposo! Pedidme mi propio sacrificio y hundiré gustosa esta daga en mi corazón. ¡Así me liberaré de este sufrimiento!
MUJER DE GRANATE 2: - Señalando acusadora a la Reina- ¡Cobarde!
REINA: -Tapándose los oídos- ¡No!
MUJER DE GRANATE 1: -Se acerca a la Reina y la insta a utilizar la daga- Toma esta daga y libéranos. ¡Libérate! Darás a luz descendientes sanos para este trono vacío. ¡Lo he visto! Pero antes debes acabar con tu esposo.
MUJER DE GRANATE 3: ¡No te muestres afligida! Conduce a tu esposo al lecho y muéstrate generosa.
MUJER DE GRANATE 2: ¡Perfuma tu pelo de lujuria y que tus ojos se enciendan en deseo! Y una vez en el lecho, desliza muda esta daga por su cuello.
MUJER GRANATE 1: ¡Que así sea! Y que las sombras de la noche cobijen este secreto para siempre. Muerto el rey, este trono recuperará la esperanza de tener un dueño legítimo.
REINA: -Enfadada- ¡Este trono es mío! ¡No lo olvidéis!
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡Eres tú quién lo olvidas!
MUJER DE GRANATE 1: Olvidas –las otras dos mujeres repiten la palabra, casi como si fuese un susurro-.
REINA: ¡No! -La Reina vuelve a quedar en el centro, acorralada por las otras tres-.
MUJER GRANATE 2: Pero aquí estamos nosotras. Surgidas de las entrañas de la fuente de la memoria. Fuente que te permitirá recordar.
MUJER GRANATE 3: Fuente que te permitirá cumplir tu juramento.
MUJER GRANATE 1: ¿Oyes? –La coge otra vez del brazo obligándola a acercarse al público- ¿Escuchas? Es el ejército enemigo que impelido por el aire ansía este trono vacío. Tú ya no lo defiendes.
MUJER GRANATE 3: ¡Nos lo debes! –Acaricia los brazos de la mujer y llega a la mano que sostiene la daga. La alza- ¡Dale impulso a esta daga y conviértela en heraldo de nuestra redención!
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡Libéranos!
MUJER GRANATE 2: Somos un pueblo marchito, tierra estéril que no baña ningún agua. Nos arrastramos silenciosos en esta noche eterna que amenaza con no marcharse.
MUJER GRANATE 1: -Acercándose a la mujer que comienza a estar vencida- No temas, la muerte es dulce descanso para aquellos que la merecen. En sus brazos tu esposo se convertirá en un héroe para este pueblo. Volará ágil reclamando el puesto entre los divinos, pues su hazaña será digna de los dioses. Esta daga te entregará la libertad que nos pertenece. Así lo dijo el oráculo. Así debe ser.
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡Así sea!
REINA: Así sea.
Desaparecen todas las mujeres de granate. Vuelve a sonar el tañido de las campanas. La Reina cae al suelo, desconsolada.
REINA: ¡No soporto este ruido! ¡Quiero que pare!
VOZ: ¿Será el sonido de tu conciencia?
REINA: -Mirando hacia todas partes- ¿Quién ha dicho eso?
VOZ: Yo.
REINA: ¿Quién eres? ¿Dónde te ocultas? ¿No habéis tenido suficiente arrancándome esa promesa indecente?
VOZ: Yo no soy ellas. No me confundas con esa manada de plañideras, su olor me enferma.
REINA: Entonces ¿quién eres? –Se pone en pie- ¿por qué no te muestras?
VOZ: ¿Seré tu conciencia?
REINA: ¿Mi conciencia?
VOZ: Conciencia.
Tras la Reina aparece una mujer de negro. Es la VOZ que ha estado presente durante toda la escena. Oculta tras ella la envuelve ágil con sus brazos.
REINA: ¿Qué quieres de mí?
VOZ: Eres tú quién me ha llamado.
REINA: Si ni siquiera sé quién eres.
VOZ: Lo sabes muy bien. Y ahora muéstrame tu mano. –Levanta un brazo y la Reina responde al movimiento reflejándolo como si fuese un espejo. Alza la mano que sostiene la daga- Hermosa criatura que rasga este silencio que te oprime –acaricia el filo de la daga- Hermosa y afilada criatura que fue creada para ¿liberarte?
REINA: Dijiste que eres certeza, ¿a qué interrogas?
VOZ: -Se ríe- Hermosa y afilada criatura que ha sido creada para sentenciarte.
Vuelven a sonar las tres campanadas, la Reina cae de rodillas traspasada por el sonido.
REINA: ¡Haz que paren!
VOZ: -Siempre desde atrás, acercándose, alejándose, susurrando en el oído de la Mujer Reina- No puedo.
REINA: ¡Haz que paren, te lo suplico! –sollozando.
VOZ: ¡No puedo! –Severa y arrodillada sobre la Reina- Yo no las oigo.
De repente cesa el sonido de las campanas. La escena se queda a oscuras durante unos instantes. Una música que mezcla percusión con palmas comienza a insinuarse tímida acompañando el posterior diálogo.
REINA: ¡Mi esposo, mi amigo, mi amante, mi confidente, mi consuelo! ¿Y he de matarte? Aún recuerdo cuando fue mío. Cuando le conocí. No esperamos a la ceremonia que habría de unirnos. Imposible esperar cuando el amor acucia. Nos buscábamos desesperados, día y noche. Nos dolían las ausencias más que nuestras propias heridas.
VOZ: El amor es una enfermedad que consume los corazones y adormece la razón.
REINA: No me importó que el oráculo desaconsejara nuestro enlace.
VOZ: Todo carece de valor cuando el amor acucia.
REINA: Su amor me cubría por completo, como un baño infinito. Se derramó silencioso llenándome el pecho y en sus brazos me sentía completa. Y libre.
VOZ: -Se ríe- ¡Cuidado reina! Hay esclavitudes que se disfrazan de libertad.
El sonido de las campanas ha vuelto a interrumpir la charla de las mujeres.
REINA: ¿No las oyes? Son tres campanadas, tres agujas que se clavan en mi mente. Al principio las oía a lo lejos. Pensé que anunciaban alguna desgracia.
VOZ: Las campanas jamás anuncian desgracias, las pregonan.
REINA: Pero luego fueron acercándose. Y ahora no me dejan. Aparecen de repente ¡me confunden!
VOZ: Te hablan.
REINA: ¡Me gritan!
VOZ: Los gritos son susurros sin destino. Escucha lo que tienen que decirte.
REINA: Lo intento, pero los gritos del ejército enemigo no me permiten concentrarme en el tañido de esas campanas.
VOZ: Has de vencerlos.
REINA: He de liberar a mi pueblo.
VOZ: Primero debes liberarte tú, mi reina. –Levanta una mano y la Reina contesta con un movimiento idéntico, mostrando al público la daga- ¡Mira que hermosa se muestra en esta noche oscura! Su filo basta para iluminarlo todo por completo.
REINA: ¡Si, tienes razón! Es hermosa.
VOZ: E infinita. Como el descanso.
REINA: ¡Quiero descansar! Deslizaré silenciosa esta daga por el cuello de mi esposo, como caricia muda. Para liberar a mí pueblo. Para que vuelva la luz.
VOZ: -Se ríe- No hay arma más poderosa que una convicción firme.
REINA: Pero… ¡No puedo!
VOZ: No quieres.
REINA: ¿Y qué más da? No puedo y no quiero.
VOZ: Ya sabes que ningún alba romperá esta noche infinita. Seguiremos sumidos en ella, y las campanas gritaran más fuerte y el tumulto se convertirá en multitud. ¿Qué harás cuando estos muros no contengan a los ejércitos enemigos?
REINA: ¡Calla!
VOZ: Yo no he hablado.
REINA: -Mirando a la daga- ¿Eres tan hermosa porque contienes promesas de muerte? ¡Cómo brilla tu filo! En él no se reflejan mis dudas. Y hueles a libertad. ¿Y si no puedo hacerlo?
VOZ: Vamos. ¿No deseas ver de nuevo el día? ¿Y qué cesen esas campanas? ¿Y qué ese tumulto se disuelva?
REINA: ¡Si, lo deseo!
VOZ: Pues ¿a qué esperas? No hay arma más poderosa que una convicción firme. Deslízate rápida como el aire que nos preña de susurros y lamentos. Rompe con esa daga esta noche infinita. Aparta esa piedra que impide que en tu vientre surja la vida. Mata a tu esposo, ya lo has decidido.
REINA: Que así sea.
Suenan los tañidos de las campanas. La luz azulada disminuye de intensidad hasta traer el oscuro sobre toda la escena.
FIN DEL PRIMER ACTO

SEGUNDO ACTO
Una música triste llena el espacio que permanece oscuro. El tañido de las tres campanas acompaña la melodía justo al final.
La luz comienza a hacerse fuerte, mostrando la silla ocupada por la Reina que mira sin ver. Justo a su derecha, de espaldas al público y casi en el fondo de la escena, hay un hombre. Es el Rey. Viste una túnica de colores ocres. La Reina lleva el pelo suelt
o.
REINA: Cierra la ventana.
REY: ¿Por qué?
REINA: Porque puede que se cuele ese día que no existe. Y entonces es posible que recuerde.
REY: Mira, es una noche hermosa.
REINA: Quiero un rato de silencio. La cabeza me arde con los gritos de ese tumulto.
REY: Yo no escucho nada.
La Reina se levanta y se dirige hacia su izquierda. Toca uno de los pliegues de su túnica.
REINA: ¡Qué hermosa criatura que ilumina esta noche perpetua! –Le habla a la daga-.
REY: -Dirigiéndose hacia ella- ¿Qué dices?
REINA: Solo he recitado un pensamiento en alto. –Se lleva una mano al pecho. El Rey acude en su ayuda- Estoy bien, no te preocupes. Es esta noche que no cesa y me consume. Se me ha pegado como una segunda piel.
REY: Es noche. Hermosa noche. Noche que cobija a los amantes –el Rey abraza a la Reina y la acaricia. Sus manos recorren el cuerpo de la mujer con urgencia- Y nuestro lecho está vacío, reclamando nuestros cuerpos –besa su cuello.
REINA: Tan vacio como nuestro trono –las palabras de la Reina paralizan el deseo del Rey.
REY: Los tronos nunca permanecen vacios.
REINA: Pero yo soy su dueña y mi deber es otorgarle un heredero.
REY: ¡Por qué te torturas!- violento e indignado se levanta y se enfrenta a la Reina- Tú deseo es tan inútil como imposible –la mira unos instantes y se dispone a abandonar la escena. Pero la Reina lo retiene, abrazándolo por detrás.
REINA: ¡No! No te marches de mi lado, no te vayas una vez más, no me abandones en esta noche. ¡Quédate conmigo! –Le obliga a darse la vuelta- No volveré a hablar de ese trono huérfano. ¡Es esta noche que me oprime el pecho y no me deja pensar! ¡Arráncamela, te lo suplico!
REY: La noche dará paso al día. Así es siempre.
REINA: Pero hace tiempo que no sucede. Y esta noche se ha instalado en mi cuerpo robándome el recuerdo de los días.
REY: Silencio –Cierra la boca de la Reina con un beso dulce-. Es noche y el amor nos reclama. ¿Recuerdas? –El Rey se dirige a la silla y se sienta a la vez que invita a la Reina a sentarse sobre él- A los días les faltaba tiempo para amarnos. –Recorre con sus manos las piernas de la mujer-. Me dolía tu ausencia.
REINA: Y a mí me duele la tuya.
REY: No existía mayor enemigo que el sueño que nos separaba y cuando caía rendido en sus brazos no existía mayor victoria que soñarte.
REINA: Y aún soñándote me dolías.
REY: Aún recuerdo los besos furtivos, la luna de plata alumbrando nuestros cuerpos desnudos, fatigados de tanto deseo. El tímido susurro de los árboles en invierno que no osaban molestarnos cuándo nos pertenecíamos.
REINA: Cuando eras mío.
REY: Cuando eras mía.
REINA: ¿Aún me amas?
REY: Nunca he dejarlo de hacerlo.
REINA: ¿Aunque ya no compartas mi lecho?
REY: Las distancias a veces son necesarias. Para que no me duela verte.
REINA: ¿Aún me amas?
REY: Si. Aunque amarte sea inútil.
REINA: -Se separa del Rey y vuele a tocar un pliegue de su túnica- ¡Ay, criatura hermosa que rasgas la noche! No serás caricia muda en el cuello de mi rey ¿lo has oído? Él me ama.
REY: -Acercándose- Te amo.
REINA: -Volviendo en sí y respondiendo al Rey- Entonces, ¡ayúdame a librarme de esta noche! Ha tomado mi pecho y no se va. ¡Libérame de esta noche! Corramos libres, por las praderas. Invadamos el aire con nuestro aroma, rompamos esta noche que amenaza con ser infinita. –Su voz se llena de alegría- Festejemos nuestro amor a cada paso –llena la cara del Rey de besos y le toma de la mano.
REY: ¡Espera! –Sonríe y frena la huida de la Reina- Es noche. –La Reina se frena.
REINA: ¡Siempre es noche! Pero los juncos de la ribera llevan siglos esperándonos. ¡Volvamos! Este lugar me asfixia.
REY: ¡No seas impaciente! El día siempre sucede a la noche.
REINA: Hace tiempo que eso no ocurre. Y ese trono me encadena. Suena intenso el tañido de las tres campanas. La reina se paraliza. Cae al suelo petrificada y solloza. ¡No! –Se tapa los oídos.- ¡Haz que cese ese ruido!
REY: ¡Yo no oigo nada! –se acerca a la Reina.
REINA: ¡Tú nunca escuchas! –Se pone en pie y se miran durante unos instantes- Se ha perdido nuestra ribera y los juncos escupen plegarias a causa de nuestra ausencia. Se nos ha perdido esa luna que plateaba nuestros cuerpos desnudos. Pero tú no oyes porque nunca escuchas.
REY: Y sigo amándote, aunque sea una causa inútil. Aunque sea una batalla perdida, aunque mirándote…
LOS DOS: …no te vea.
Vuelve a sonar el tañido de las tres campanas. Se hace el oscuro en la escena y un foco ilumina a la Reina que acaricia el pliegue de su túnica.
REINA: Tu filo rasgará esta noche perpetua –saca de su túnica la daga- y acaso de esta manera podré encontrar esa ribera que se me ha perdido. Y la luna plateará mi piel desnuda. –Suena el tañido de las tres campanas de fondo, mientras el escenario permanece a oscuras-. Y ya no escucharé el tañido de esas campanas, que son gritos.
REY: -A oscuras- ¡No te veo!
REINA: Es esta noche la que te impide ver, pero yo voy a librarte de ella. –Alza la daga-
REY: ¡Ya no te veo!
REINA: No temas. Voy a llevarte de vuelta a esa ribera y los juncos susurrarán tu nombre para llevarlo junto a los dioses. Y la luna plateará tu cuerpo infinito. Y serás plegaria que se recite los días de fiesta. Y te demostraré que amarme jamás fue una batalla perdida –Alza la daga y se coloca tras el Rey. El escenario sigue a oscuras-.
REY: ¿Eres tú?
REINA: Recibe esta caricia muda para liberarte, mi amor –solloza- ¡y corramos libres!
REY: ¡No! –el grito se interrumpe y el escenario se invade del ruido que produce su cuerpo cayendo al suelo. La escena se ilumina de repente y cesa el tañido de las campanas. Las tres mujeres de granate toman la escena, aproximándose y rodeando el cuerpo sin vida del Rey. La Reina se adelanta y queda en primer término.
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡Así sea!
MUJER GRANATE 1: Ya despunta la aurora en esta noche infinita.
MUJER GRANATE 2: Ya no doblan las campanas.
MUJER GRANATE 3: Ya se dispersa el ejército enemigo tras las murallas.
REINA: Y creo que los juncos de esa ribera que hemos perdido, me están llamando.
MUJER GRANATE 2: ¡Corre ágil a su orilla!
MUJER GRANATE 3: ¡Sumérgete en las aguas que todo lo purifican!
MUJER GRANATE 1: Incluso los crímenes más indecentes.
TODAS MUJERES DE GRANATE: ¡Vuela!
MUJER GRANATE 3: Las aguas sepultarán este secreto y darán cobijo a esta daga –toma la mano inerte de la Reina- que está manchada de culpa.
REINA: ¡Hermosa criatura que has rasgado la noche! ¡Caricia muda que me has liberado!
MUJER GRANATE 2: Ya no repican las campanas.
MUJER GRANATE 1: ¡Corre, llena de plata de luna! ¡Corre a esa ribera que es tuya!
MUJER GRANATE 3: Cuando regreses será día claro. Nosotras nos llevaremos el cuerpo de este Rey estéril y lo sepultaremos lejos de tu memoria.
TODAS MUJERES DE GRANATE: Para que no lo recuerdes.
La Reina se separa de las mujeres de granate y se sienta en su trono. Sostiene la daga llena de sangre.
REINA: ¡Ya no brilla tu filo! Se ha llenado de mis desgracias y ya no es luz en esta noche infinita.
MUJER GRANATE 2: ¿A qué la necesitas? Ya cumplió su cometido. Te la liberado, nos ha liberado, ha liberado al pueblo.
MUJER GRANATE 3: Corre a tu ribera y sepúltala en las aguas. Que la corriente se lleve el secreto.
MUJER GRANATE 1: ¡Vamos! ¿A qué esperas?
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡Corre!
REINA: ¡Estoy cansada! Este olor a sangre me pesa. ¡Es este silencio que se me cuela y me rompe el alma! ¡Sacádmelo de dentro!
MUJER GRANATE 1: -Riéndose- ¿No escuchas el trino que preludia el día?
MUJER GRANATE 3: ¿Ni los susurros de la noche que se evapora?
REINA: ¡Yo no oigo nada!
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡Escucha!
REINA: ¡El silencio no me deja! ¡Quitádmelo de encima! ¡Me está ardiendo el cuerpo!
Las mujeres de granate de adelantan, dejando tras de sí a la Reina en el trono.
MUJER GRANATE 2: Pronto esta noche se invadirá de luz.
MUJER GRANATE 1: Y las campanas anunciarán que el rey ha muerto.
MUJER GRANATE 3: Su crimen debe quedar oculto.
TODAS MUJERES DE GRANATE: ¡Así sea!
MUJER GRANATE 3: ¡Sacadla de aquí! Yo ocultaré su crimen y lo poco que queda de noche me servirá de escudo.
Las mujeres de granate 1 y 2 se acercan a la Reina y la levantan del trono.
REINA: ¡Quitádmelo de encima! ¡Este silencio devora mis entrañas! –grita-.
MUJER GRANATE 2: Vamos a lavarlo al río.
MUJER GRANATE 1: El agua se lo llevará para siempre.
REINA: -Se marcha con las mujeres de granate 1 y 2- Nunca amarme fue una derrota. ¡Nunca!. Voy a encontrarme con esta ribera que perdí hace tiempo. La luna plateará mi cuerpo desnudo, mientras me baño en las aguas de ese río que todo lo purifica. Y ya no volverán a sonar esas campanas, esas campanas que se rompen como gritos –Abandonan la escena las mujeres de granate 1 y 2 y la reina.
MUJER GRANATE 3: -Se acerca al cuerpo inerte del rey- Rey inútil, rey vacio, rey ausente, rey muerto. Voy a darte sepultura y te convertirás en un secreto. Puede que los juncos reciten tu nombre, pero nadie los escucha.-Se ríe- La mujer comienza a irse arrastrando el cuerpo del Rey. La luz se apaga y se enciende a la vez que suena una música de percusión y palmas. Varias campanadas ponen fin a la música. La luz se apaga definitivamente.
FIN DEL SEGUNDO ACTO

TERCER ACTO
El escenario está a oscuras.
REINA Y VOZ: Silencio. Silencio. Silencio.
VOZ: ¡Shhhhhh!
Se hace luz. Una luz azulada que invade la escena poco a poco. En ella están la Reina y tras ella la Voz. Las tres mujeres de granate vuelven a rodear a la Reina y a la Voz. Permanecen inmóviles. La Reina viste de blanco, la voz continua con su túnica negra. El trono está ahora justo detrás de ellas, a su derecha.
MUJER GRANATE 3: Silencio sucio. Pero no temas, mujer. Ya es día.
REINA: Voy a mirar por la ventana.
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: ¡No!
MUJER GRANATE 2: Es día y eso basta.
REINA: Huelo a sangre.
MUJER GRANATE 3: Hueles a jazmín.
MUJER GRANATE 1: Ya no suenan las campanas.
MUJER GRANATE 2: Y ese trono está ansioso de dueño.
VOZ: ¡Fuera! – Da un grito y se pone justo delante de la Reina- Me enferma el hedor que despedís.
Las mujeres de granate salen corriendo de escena, moviendo los brazos como si fuesen pájaros sorprendidos por un ruido. Una vez dentro, se dispersarán por la sala y a partir de este instante sus voces sonarán como un coro disperso por todo el teatro.
VOZ: No soporto sus plañidos cargados de miseria. –Se vuelve y se enfrenta a la Reina, la rodea mientras la interroga con la mirada y las palabras- ¿y tu luto?
REINA: ¿Qué luto?
VOZ: El rey ha muerto, reina. Debes vestirte de noche.
REINA: ¡Noche! ¿Ha sido noche alguna vez? Esta luz que me llena me impide recordar. Me parece que nunca ha sido noche.
VOZ: Hubo un tiempo en que no existían los días. ¿Recuerdas?
REINA: No –confusa-.
VOZ: Una noche eterna cubierta del tañido de tres campanas. Una, dos y tres. Uno, dos y tres. Tres. Tres campanas, como tres sentencias. ¿Recuerdas?
REINA: No… -dubitativa-.
VOZ: Y tras estas murallas el rumor de una muchedumbre que exigía este trono yerto ¿Recuerdas?
REINA: … no, no, ¡no!
La Voz va asediando a la Reina que durante todo este diálogo hace gestos de sentirse acosada.
VOZ: ¿Y el rumor de los juncos?
REINA: ¡No!
VOZ: El olor a hierba fresca y la luna descarada plateando los cuerpos desnudos tras la batalla del amor. ¿Nada?
REINA: Me confundes con otra.
VOZ: Te confundes con otra.
REINA: No soporto tu voz, quiero irme de aquí.
VOZ: -La sujeta- ¡No puedes, te ata este trono! Tú eres su reina.
REINA: Reina enjaulada en un país de bestias –parece recordar mientras dice esta frase y se mira las manos. La voz se acerca y le muestra una daga-.
VOZ: ¿Buscas esto?
REINA: ¡Eso no es mío! –se retira nerviosa.
VOZ: ¡Hermosa criatura que refulge partiendo la noche! Te pertenece como este trono. Sabe regalar caricias mudas. Guárdala, te hará falta.
REINA: ¿Qué dices? ¡Quiero irme!
VOZ: ¡No seas insensata! ¡Guárdala! La rescaté para ti, pues la habías dejado prisionera de las aguas. Ahora no brilla, pues está cubierta por la culpa. Pero a medida que la invada el olvido volverá a recuperar su luz. No te preocupes.
REINA: -Alzando la daga y tratando de clavársela a la voz- ¡Voy a liberarme!
VOZ: -Para la embestida y sujeta la mano de la Reina contra su espalda- Quieta, mi reina. ¿No querrás hacernos daño? Hemos sobrevivido a todas las batallas y hemos ganado todas las guerras. Guarda esta daga, quizás nos haga falta una quinta vez.
REINA: ¿Quinta?
Vuelven a sonar las campanas. Esta vez son cuatro.
VOZ: Una, dos, tres y cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. Cuatro veces rompió esta daga las brumas de la noche. Cuatro veces volvió a ofrecernos un poco de luz en esa noche que no cesaba de manar.
REINA: ¡Mis manos están cubiertas de sangre! –se mira las manos y trata de limpiárselas-.
VOZ: -La voz le tapa la boca- ¡Silencio, reina! Tus manos han librado cuatro batallas y las cuatro veces tus manos han vencido.
REINA: ¡Déjame, te lo suplico! O al menos deja que abra esa ventana. Aquí no hay aire, me asfixio.
VOZ: Si la abres, ya no podrás cerrarla. Y tendrás que escuchar lo que dice esa muchedumbre emponzoñada de mentiras.
REINA: ¡Quiero oír! Las campanas no me dejan escuchar lo que dicen.
VOZ: ¿Y si lo que oyes, no te gusta?
REINA: ¡No! ¡Quiero irme, déjame en paz! –empuja a la voz y se libera de ella.
VOZ: ¡No lo hagas! ¡No abras esa ventana! Si la abres, recordarás porqué la cerraste.
REINA: No puedes impedírmelo –la contundencia de la Reina, frena a la voz. Se miran durante unos instantes.
VOZ: ¡Tú lo has querido!
TODAS LAS MUJERES DE GRANATE: Sea. –Se escuchan sus voces dispersas por el teatro-.
Se hace el oscuro. Se escucha el tañido de las cuatro campanas y el quejido de un violín que desgrana la luz. Cuando la escena vuelve a iluminarse, la Reina está sentada en la silla, totalmente inerte, ida. Junto a ella hay dos hombres que la observan. Van vestidos de manera actual.
HOMBRE 1: Puede explicarle el caso a sus compañeras. Proceda –mira la mujer 1 y le cede la palabra-.
MUJER 1: La paciente tiene treintaiocho años. Lleva ingresada en el centro cuatro años y medio. –Toma la mano de la Reina, totalmente inerte y controla su pulso-.
MUJER 2: ¿Nunca habla?
HOMBRE 1: Jamás ha emitido una sola palabra desde aquella noche.
MUJER 3: Pero…¿llegó a ser juzgada?
HOMBRE 1: ¿En estas condiciones?
MUJER 1: Bueno, el juicio se llevó a cabo, desde luego… pero estaba claro que su mente ya no estaba conectada con la realidad cuando cometió los asesinatos.
MUJER 2: Comprendo.
MUJER 3: El crimen de los niños debió perturbarla por completo.
HOMBRE 1: Sin duda ya estaba perturbada cuando los mató.
MUJER 2: ¡Imagínense el calvario de ese pobre hombre!
MUJER 1: Debía quererla mucho para tapar de esa forma el crimen de sus tres hijos. Ya es triste que tu esposa mate a tus hijos, pero ocultar semejante hecho debió ser muy doloroso.
MUJER 2: ¿Quién encontró a los niños?
MUJER 1: Fue un vecino. El mismo que la encontró vagando por la calle la misma noche en la que mató a su esposo. Iba desnuda, decía que llevaba el cuerpo cubierto de plata de luna. El pobre hombre la tapó como buenamente pudo y la llevó a su casa.
MUJER 3: Ya.
HOMBRE 1: Esa fue la única vez que la escuché hablar. Yo estaba de guardia y me llamaron de inmediato. Hablaba sin ninguna coherencia pero ciertos datos nos hicieron sospechar. No dejaba de mencionar la ribera del río y el secreto que custodiaban los juncos. Fue allí donde hallaron a las tres criaturas.
MUJER 2: Comprendo.
MUJER 1: Tres niños. Los tres varones. Tenían dos, tres y cinco años. Les cortó el cuello al igual que luego hizo con su esposo. A él lo encontró la policía junto a la casa tras los contenedores de basura.
MUJER 3: ¡Por dios!
MUJER 1: Si. Un crimen abominable. A saber que pasó por su perturbada mente para cometerlo. Hablaba de liberación, de un trono desierto, de un marido estéril… Ardía en fiebre cuando la encontraron y lo único que pedía de manera coherente, era que su vientre volviese a engendrar vida…
MUJER 2: Ya.
HOMBRE 1: Eso y que parasen el tañido de las campanas. Cuatro campanas, decía. Cuatro sentencias. Estuve hablando con ella toda la noche. Toda. Le pregunté por sus tres hijos, pero ella negaba que hubiese sido madre alguna vez.
MUJER 3: Un escudo de su mente incapaz de asimilar el crimen.
HOMBRE 1: Probablemente. Cuando le pregunté por su esposo dijo que lo había matado porque era incapaz de darle descendencia.
MUJER 2: ¿Esquizofrenia?
HOMBRE 1: No lo tengo claro. Quizás ustedes puedan arrojar un poco de luz al caso. Parecía vivir una realidad paralela. Ya les digo, hablaba de tronos, castillos, murallas… imposible hacer conjeturas con semejante información.
MUJER 2: Interesante. Sus constantes vitales parecen buenas.
MUJER 1: Sin duda. Se conserva en una extraordinaria forma física. Su palidez no es debido a ninguna enfermedad, es que se niega a abandonar la habitación. Lleva recluida en ella estos cuatro años y medio.
MUJER 3: ¿Sin salir?
MUJER 1: Cada vez que intentamos sacarla a pasear entra en un estado de histeria totalmente incontrolable. Es como si la luz del sol la quemase.
MUJER 3: Se avergüenza de sus crímenes; la luz los evidencia más. No es la primera vez que lo veo.
HOMBRE 1: Puede ser.
MUJER 2: Eso demuestra que existe cierta noción de culpa y que puede que aún quede un resquicio de realidad en su mente.
HOMBRE 1: ¿Usted cree?
MUJER 2: Digo que es una posibilidad.
HOMBRE 1: Observe –se acercan a la mujer y observan sus pupilas- En estos cuatro años no he hallado evidencia ni rastro de razón. Es como si estuviese ausente. Como si en su cabeza se hubiese hecho la noche.
MUJER 2: Ya.
HOMBRE 1: Una noche completa.
MUJER 2: Es posible, pero ya sabe lo que dicen después de la noche siempre llega el día.

domingo, 4 de septiembre de 2011

BIENVENIDO

Bienvenido. Es el típico mensaje de felpudo de recibidor de casa. Y para mi es una palabra importante y cargada de significado.
Se acaba el verano. Un verano que para mi ha sido muy intenso. Hoy regreso a casa con el recuerdo de este verano a cuestas. Y con el recuerdo de muchas frases en mi memoria. He releído varios libros, algunos apenas los recordaba, otros puedo casi citarlos de memoria, la mayoría consiguen volver a implicarme en las historias y evocarme el momento preciso en que fui feliz leyéndolos. Un aroma, una imagen, un lugar, un sentimiento. Todos me aportan un placer infinito.
Esta semana ha ido de "príncipes" pequeños y grandes príncipes y hoy príncipes felices. Podría citar frases de cada uno de los libros que me han acompañado este verano... pero dejo en este espacio un fragmento del "Príncipe Feliz" de Oscar Wilde. Y lo dejo para que sepas que me gusta mucho que estés ahí. ¡Sé bienvenido!

"- Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.

-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.

-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.

Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que habla visto en países extraños.

Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas."

sábado, 3 de septiembre de 2011

LA TORRE DE LA CAUTIVA

La Torre de la Cautiva pertenece a "Mi tiempo no tiene memoria" un homenaje al oficio mudo de las mujeres a lo largo de la historia. Se volverá a representar el próximo 17 de septiembre en Otura. Este es uno de los textos que forma parte del montaje. La vista desde el balcón de la Torre de la cautiva (Alhambra) es, sin duda, una de las más hermosas que he contemplado. Os la recomiendo.


Cruzo cautelosa este patio. Escucho el rumor del agua. Debo alcanzar la habitación en la que ella duerme.
Aspiro el olor de esta noche que se está extinguiendo. Y presiento el fin. El fin de mi tormento. El fin de este dolor que me apresa y me consume. Nunca sabrás lo que me ha costado abandonar mis aposentos, recorrer la distancia que nos separa y penetrar en esta torre que es tu morada. La has hecho tuya, como tuyo es el corazón de mi rey.
Maldigo la hora en que te apresaron y te trajeron cautiva a esta torre. Feliz existía mientras tú no eras más que un rumor susurrado al viento. Una leyenda, una historia. Pero mi rey partió presuroso a la batalla y en sus oídos resonaba el eco de ese cuento que incendió su alma. Decían que existía una cristiana cuya belleza no podía ser contenida por las palabras y mi rey, curioso como un niño, corrió a tu encuentro. Te trajo contra tu voluntad y te concedió esta torre.
Pude observarte a través de uno de mis balcones. Tu belleza penetraba como un olor, como un sonido, como el rumor de esta agua que prende cada uno de los rincones de la Alhambra. Pero yo tenía la seguridad de que mi rey seguiría amándome. Yo, su esposa, su amante, su amiga, su confesora, su consejo, su consuelo. No era la única, pero estaba sola. A mí acudía cada noche buscándome desesperado. A mí se abrazaba y mirándonos a los ojos solíamos hablarnos durante horas, sin emitir palabras. A nosotros nos sobraban.
Yo no era la más bella de sus mujeres, pero para él siempre fui la más hermosa. Mi espíritu indómito lo sedujo con la fuerza de mil primaveras. Yo no quería ser una mujer plegada a las exigencias de un mundo hecho para los hombres. Mi mente disfrutaba imaginándome en la lucha, en el gobierno, paseando libre por los jardines del palacio, disfrutando de los placeres encerrados en los libros… y mi cuerpo me recordaba que mi destino era una vida de renuncias. Nadie había logrado conquistar los impulsos de este corazón salvaje. Y entonces llegó él.
Fui su única mujer a pesar de no estar sola. Hasta aquel día en el que te observé a través de mi balcón. No fue esa piel blanca, ni esos ojos espléndidos. No fue la boca ni el cuerpo que se insinuaba a través de la túnica que llevabas. Fue ese clamor que se desprendía de tu cuerpo como grito mudo. Ese clamor que lo llenó todo incluido a mi rey.
Vi sus ojos cegados por el deseo. Nunca volvió a visitarme en mis aposentos. Evitaba mi mirada destronándome con su indiferencia de todos y cada uno de mis oficios. Ya no fui su esposa, ni su amante, no fui su amiga, ni su confesora, ni su consejo, ni su consuelo. Ya no fui nada. Y mi corazón indómito se convirtió en un amargo ruego, en una súplica que se recitaba por estos jardines preñando el aire de amarguras y lamentos.
Estoy frente a la puerta que abre la habitación en la que duermes. Te ha encerrado aquí hasta que renuncies a tu fe. Luego te convertirá en su esposa. Estoy preparada para verte. El aire de las noches que he pasado en vela me regaló esta idea que me ha pervertido por completo. Voy a matarte, Isabel. Lo haré con mis propias manos, privándote del aire que te permite vivir. Voy a convertirte en un cuento, en una leyenda, en una canción que se recite las noches de fiesta. El rey volverá a mirarme.
Sé que tras tu muerte vendrá la mía. Estoy segura. Los jardines de la Alhambra poseen los ojos de aquellas que se sienten igual que yo. Nunca he estado sola. Todas me miraban con envidia. Pero él volverá a mirarme.
Abro la puerta del aposento engalanado con mayor lujo que cualquier otro que yo haya visto. Me dirijo hacia tu lecho. Vacio. Las telas que cubren la ventana del aposento se agitan nerviosas. Como alas de paloma que se baten enfrentándose a este aire que huele a vacio…

lunes, 29 de agosto de 2011

TABLAS

Tablas es el nombre que recibe un final en empate en el juego del ajedrez.



- Aún no entiendo como lo has hecho - tres jugadas después de haber amenazado a mi reina, la he sorprendido y sigo en la batalla. Sus ojos están llenos de rabia y admiración. Me mira tratando de robar mis pensamientos. A veces creo que lo consigue.




- Deberías mostrar más alegría, has conseguido lo que querías: que moviese ficha - apoya su barbilla en la mano y me mira lleno de alegría. El calor de sus ojos consigue transportarme a las noches que compartíamos en el campo de batalla. Jamás he sido tan feliz y me he sentido tan segura como cuando nos refugiábamos en la misma tienda en plena contienda. El lamento de los soldados que agonizaban, los ruidos del fragor de la guerra, el olor de la sangre y el fuego que presagiaba desgracias se diluían cuando pasaba sus brazos por mi hombro. Me sentía a salvo, me sentía fuerte. -Estoy jugando como a ti te gusta - bueno, eso no es del todo cierto. Me encantaría que salvase esa distancia que aún le separa de mí. Sería feliz si por un momento acelerase el transcurso de este destino que nos une. Los dos sabemos que nos pertenecemos, y esta espera no hace sino robarnos nuestros propios instantes.




- Sigues siendo lento -me sonríe con cierta tristeza. Pero no sé cómo explicarle que a veces no sé qué decirle. Me resultaba fácil en la batalla, rodeado de mis soldados, embriagado del aroma del combate... era fácil abrir la entrada de su tienda, abrazarla para darle calor y ánimo y mostrarle todo aquello que yo conocía. Allí era fácil. Pero cuando el conflicto comenzó a amainar, ya no supe cómo hacerlo. Presiento en sus ojos que ella me pertenece. Que es tan mía como yo soy suyo, pero este maldito silencio huérfano del combate, me impide encontrar el camino para llegar a ella. Aunque la tengo frente a mí. A veces comprendo que me alientan sus ojos, su boca, sus risas y sus palabras. Pero luego se calla. -Muy lento. Demasiado lento -sus ojos se han clavado en mí. Pero no los baja como suele hacerlo.




-Quiero disfrutar de esta partida, pues no sé cuándo llegará la siguiente - Sigo mirándole a los ojos, hoy no pienso retirarlos hasta conseguir una respuesta. Tras la caída de la reina compartimos años de una guerra que amenazaba con ser infinita. Pero llegó el fin y con él se desvaneció la esperanza de tenerle cerca. Y cuando creí que iba a perder el juicio, me llegó su primera nota. Me invitaba a jugar una partida de ajedrez, para rememorar viejos tiempos... Hice el camino gustosa y compartí con él aquella noche como si fuese la primera. Pero el alba volvió a rompernos y sentenciarnos a una nueva espera - Ya pronto será de día.




-¡Mueve! -su mano alcanza la mía y la oprime con firmeza. Sus ojos no se separan de los míos y juraría que va a llorar. Jamás la he visto hacerlo. Nunca. Pero juraría que por sus ojos comienzan a derramarse las lágrimas. Y la distancia que me separa de ella parece diluirse por momentos. Tengo ganas de romper esta partida, de tirar el tablero, de atraerla a mis brazos y mantenerla conmigo para siempre. Pero de repente se levanta y se dirige a la ventana. - Ya despunta el día, tenías razón. -Su voz se quiebra. -Hemos vuelto a quedar en tablas.... así que supongo que volveremos a vernos antes de que transcurra un año...




-Esta vez no -me sorprende el sonido de su voz y me giro... y sus labios sentencian sin palabras esta partida que amenazaba con ser infinita.

domingo, 28 de agosto de 2011

JAQUE A LA REINA

Un jaque es una amenaza inmediata de capturar al rey. Esta amenaza ocasionalmente también se ha usado en el ajedrez para la amenaza inmediata a la reina, como "Jaque a la reina", aunque generalmente no se menciona este ultimo jaque y varía si se ha de mencionar o no según el reglamento seguido.







- ¿Recuerdas? -su mano se levanta, exigiéndome silencio. Es tu táctica favorita para no mover ficha. Acepto y me siento. - Siempre que escucho el cambio de guardia recuerdo la noche que apresaron a la reina.




- ¿Apresaron? -me sonríe. Vuelve a levantarse para servirse otra copa de vino. Ríe. Se sienta, pasea su mirada por el tablero y me mira. Está realmente hermosa esta noche -Yo diría que más bien se la entregamos. No debimos esperar tanto -vuelve a reírse.




-No había señales de ataque evidentes. Nos pillaron por sorpresa -he conseguido ponerlo nervioso. Retira el mechón de pelo que se le ha caído sobre la cara con vehemencia y me mira directamente a los ojos. Su profundidad vuelve a quitarme el aliento. Desvío la mirada. Huelo su embestida y presiento la tormenta. -Lo indicado era esperar.




-Ya sabes lo que opino. Cuando tu enemigo espera... ¡ataca! -se ha bebido la copa de vino de un trago. El color tiñe sus mejillas blancas, se muerde el labio. Noto su impaciencia. Los recuerdos nublan mi mente y me llevan a la noche en la que cayó la reina.




- Hubiésemos perdido a todo nuestro ejército esa misma noche. - Mira hacia otro lado, se levanta y se dirige a la ventana. Mira la luna. Suele hacerlo cuando le acechan las dudas. Y sé que duda. Sé que sabe que aquella noche cometió un error. Pero jamás lo confesará.




- Hubiésemos perdido a parte del ejército y hubiésemos ganado la guerra - se dirige hacia mí. Ni siquiera mira esta luna que invade la noche testigo de nuestras jugadas. No le hace falta, trata de buscarme, pero no me va a encontrar. Paciencia.




- Es demasiado arriesgado aventurar eso. Nunca lo sabremos ¿no crees? -deja de mirar por la ventana y clava en mí una mirada llena de burla. Me deja sola frente a la ventana y regresa a la mesa. Jaque. Pero aún queda mucha noche.




- Bueno, te recuerdo que te dije con bastante exactitud todo lo que iba a pasar.... justo la noche antes de que rindiésemos a nuestra reina -noto como mis palabras penetran en su conciencia. Ha tratado de resistirse, pero vuelve a estar nervioso. Pasa sus dos manos por el pelo.




- Dijiste muchas cosas -ha logrado su objetivo. Una vez más ha conseguido que no preste atención al juego. Ahora solo puedo pensar en aquella noche...aquella maldita noche. Supongo que fue pura casualidad pero ella me dijo punto por punto lo que iba a suceder. Pero...¿cómo hacerle caso? Era un general joven e inexperto... ¡una mujer!




- Y no escuchaste ninguna.- Se ha puesto tenso. Su mandíbula se endurece y puedo notar la opresión de sus remordimientos. Silencio. Ya he tenido suficiente por ahora.




- No -Y desde entonces no he dejado de escucharla. Vuelve a sonreír, ahora una mirada de placer acompaña a la curva de sus labios.... pero no me mira a mí, mira el tablero. Presiento la causa.




-Querido, ¡jaque a la reina!

viernes, 26 de agosto de 2011

EL ENROQUE


El enroque es una jugada especial dentro del ajedrez, se realiza con el rey y una torre. Es el único movimiento donde se pueden mover dos piezas simultáneamente... y puede hacerse siempre y cuando ambas piezas (rey y torre) se encuentren en sus posiciones iniciales.


- Hace frío - ella llega cubierta de su inseparable gabán negro. Su pelo es más claro que la última vez que nos vimos, pero cae alborotado alrededor de su cara pálida, iluminada por esos grandes ojos que me miran sin ver... o que ven más de lo que parecen observar. Abro mis brazos para recibirla - ¡Por fin un poco de calor en esta noche! -se abraza a mí y sé que está sonriendo.

- Espero que hayas tenido un buen viaje -me ha abrazado con fuerza, tal como suele hacerlo. Va vestido de oscuro, tal y como acostumbra y estoy segura de que justo cuando mi cabeza está reposando en su pecho, ha contenido la respiración. Permanezco en sus brazos un minuto más. No me gusta separarme de él.

- Bueno, este maldito frío no ayuda demasiado. Pero he llegado sana y salva. Y justo a tiempo, por lo que veo -se separa de mis brazos causándome un dolor que trasciende lo físico. La miro. Sigue tan hermosa como la primera vez que penetró en la sala de audiencias de este oscuro palacio. Iluminó estas estancias sombrías que vuelven a quedarse sin luz cuando ella se marcha. Le tiendo una copa de vino -Gracias ¡justo lo que necesito para entrar en calor! ¿Me acompañas?

-¿Alguna vez he dejado de hacerlo?-Sé que se ríe mientras me dirijo a servirle su copa de vino. Beberemos hasta decir más de lo que debemos y mañana él no recordará nada. O hará como que no lo recuerda. Ya no estoy segura. Pero sigo acudiendo cada vez que me reclama con la esperanza de que este licor caldee sus manos, esas manos que restituyen el calor a este corazón congelado. - Siéntate. ¿Estás segura de que no deseas las blancas?

-Segura -Sus ojos se clavan en los míos. Sus ojos me consumen, me perturban, me llenan. Desvío la mirada. -Llevamos años jugando y sólo te he puesto una condición ...

-Y siempre la he cumplido. Tuya es la dama negra ¡y todo su séquito! -Me mira, como si quisiera descifrar todo lo que no puedo decirle. Aún no estoy segura de si quiere oír...

-Vamos ¡empecemos! La noche corre más rápida que tus pensamientos -Me indica con su mano que tome asiento y lo hago rozando con mi pierna derecha el gabán negro que cubre todo su cuerpo. Pronto ella se deslizará sobre su silla y apoyará su pierna contra la mía. Anhelo ese instante.

- No seas impaciente -Su sonrisa me desarma. Ahora junta las manos tratando de sumergirse en sus cavilaciones. Aún recuerdo la primera vez que le vi. Entré en este palacio con una misión clara: gobernar el ejército del sur de un reino sumergido en una batalla que lleva perdiéndose desde hacía siglos. Ese día debía encontrarme con el general que dirigiría la estrategia del ejército del norte... y entonces le vi a él. Y mi corazón dio un vuelco.

- ¿Moverás antes de que se consuma esta noche? -Su pierna ya se ha derramado sigilosa sobre la mía. Su contacto me hace recordar nuestra primera partida. Debatimos sin tregua una noche entera. Me perturbó que mi rey eligiese como general del ejército del sur a una mujer. Fue un hecho sin precedentes. Y pasada la noche aún seguíamos sin ponernos de acuerdo... y le propuse tomar una decisión ayudándonos del ajedrez. Ella consintió. Solo exigió jugar con las negras y yo se las cedí sin dudarlo. -Ya lo sé... espera. Siempre espera.

- Quién espera es capaz de lograr cualquier cosa-Vuelve a sonreírme y apura el primer vaso de vino. Me levanto para servirle más. Siempre ha sido así. La brisa de esta noche gélida evoca en mí el siguiente recuerdo. Nuestra primera noche. Nuestra primera partida. Exigí jugar con las negras. Tardó en efectuar el primer movimiento todo el tiempo que duró aquella noche. Y a mis muestras de impaciencia respondió con un sencillo "quién espera es capaz de lograr cualquier cosa".

-Incluso es capaz de morir en el intento -Se ríe mientras me sirve la segunda copa de vino. La deja en la mesa y se desabrocha el gabán negro. Bajo él viste una sencilla túnica de color burdeos. Mis pensamientos se sumergen en nuestra memoria. No dejó que terminásemos nuestra primera partida. Tiró todas las piezas e incluso el tablero. Aún recuerdo su pelo alborotado y sus ojos llenos de rabia.

-¿Vas a tirar hoy las fichas?-Su mano toma la mía y sus dedos se enlazan en los míos. Sonríe. Mueve. Hemos jugado tantas veces que me resultará demasiado fácil predecir su estrategia. ¿Qué importa? Desde hace ya mucho tiempo estamos jugando a otra cosa.

-No -Me mira. ¡Si supiera a ciencia cierta qué quiere decirme!

-¿No? - Me mira. ¿Acaso no sabe qué quiero decirle? La primera noche sentí como nos consumía la necesidad de poseernos pero estábamos rodeados de todo un palacio repleto de gente. Ahora estamos solos. Llevamos mucho tiempo solos ¿es que no se da cuenta?

- Te toca mover. Y te recomiendo que no esperes. Actúa. ¿Qué puedes perder por intentarlo? -Sus ojos me alientan. Esta noche fría acrecienta el deseo de tenerla cerca pero...

- Espera -Sus ojos ya no sonríen. Y no sé si comprende que yo ya he jugado. Ya he movido. Ahora le toca a él. No puedo jugar esta partida sola.

-No quiero que esperes ¡mueve!